El Olimpo y el gobierno fragmentado


Por: Carmelo Rizzo

Después del trueno viene el efecto. El Olimpo no gobierna países: condiciona escenarios. Y Honduras entra al nuevo ciclo político con un teatro muy delicado: un Ejecutivo que gana por margen estrecho y un Congreso fragmentado, más apto para bloquear que para construir. Ese es el verdadero campo de batalla. Cuando el poder externo sacude fichas —capturas, liberaciones, respaldos selectivos— no busca caos; busca orden funcional a sus intereses. El problema surge cuando ese ruido externo se combina con alianzas internas sin proyecto, los llamados aliados convenientes, que hablan de principios mientras negocian control.

Ahí la política deja de ser visión de país y se vuelve aritmética de poder. No se gobierna para resolver, sino para condicionar, bloquear o cobrar. El Congreso se transforma en tablero y el Ejecutivo corre el riesgo de gobernar a la defensiva. Ese riesgo es real porque el nuevo gobierno no nace de una adhesión ideológica amplia, sino de un voto correctivo. Traducido a lenguaje real: de cada 10 hondureños, solo 6.5 estaban registrados para votar y apenas 3.7 salieron a hacerlo. El futuro del país quedó decidido en ese margen estrecho, tan apretado como una apoplejía o una arteriosclerosis: cualquier obstrucción, cualquier error, puede paralizarlo todo. No fue un voto de fe. Fue un voto de cansancio. La gente no pidió épica; pidió funcionalidad.

El país llega a esta etapa con problemas que no admiten Maybelline: pobreza persistente, desempleo y subempleo en alza, y una migración que sigue siendo válvula de escape. En ese contexto, el margen de error es mínimo. Hay tiempo, pero no hay paciencia social. Aquí aparece el rasgo nuevo de esta etapa histórica. A diferencia del pasado, este gobierno no gobernará en silencio. Gobernará bajo millones de ojos vigilantes. Ciudadanos con celulares, redes y memoria actúan como auditores permanentes. Cada nombramiento, cada contrato y cada decisión será observada, comparada y juzgada en tiempo real. Esa mayoría volátil que decidió la elección no firmó un cheque en blanco. Firmó un mandato condicional: resultados visibles en el corto plazo, transparencia real y corrección inmediata de errores. Si hay avances, habrá respaldo. Si hay sombra, habrá ruptura.

Por eso la clave no es el discurso, sino la ejecución. Los primeros 100 días no son un ritual político: son una prueba operativa. Salud, empleo y economía no admiten excusas eternas ni culpas heredadas. Admiten resultados. Los meses siguientes deberán consolidar orden administrativo, destrabar proyectos y recuperar confianza. Y para eso no basta voluntad: se necesita un equipo de primera clase. Hondureños capaces, técnicos y gestores que sepan resolver, no repetir consignas. Gobernar no es ocupar cargos; es hacer que las cosas funcionen. Aquí el mito vuelve a enseñarnos algo útil.

En la antigüedad, Prometeo no desafió al Olimpo por soberbia, sino por responsabilidad. Robó el fuego a los dioses no para dominar a los hombres, sino para darles la posibilidad de avanzar, de construir, de dejar de vivir en la intemperie. El castigo fue eterno, pero la promesa también: una humanidad capaz de valerse por sí misma. Hoy, ese fuego no es ideológico ni mesiánico. Es más modesto y más exigente: transparencia, gestión y resultados. No libera de inmediato, pero permite caminar. No redime, pero ordena. Y como en el mito, una vez entregado, no puede devolverse al Olimpo.

La ciudadanía ya recibió ese fuego. Vigila, compara y exige. El desafío del nuevo gobierno no es apagarlo con retórica, sino usarlo para iluminar decisiones. Porque este nuevo gobierno, como ningún otro, gobernará bajo una doble lupa: la del catracho, que observa y exige, y la de los dioses, ese poder externo que calcula evalúa y actúa cuando conviene. Nunca antes la exigencia fue tan alta. Nunca antes el margen fue tan estrecho. El Olimpo seguirá tronando. Siempre lo hace. Pero Prometeo ya entregó el fuego.

Y ahora la pregunta no es si los dioses castigan, sino qué hará el gobierno con esa llama. Si la usa para construir instituciones, ordenar la gestión y cumplir en salud, trabajo y economía, el ruido perderá fuerza. Si la desperdicia, el juicio no será mítico: será político.


Quien gobierna bajo los ojos del pueblo, aprende a gobernar bien. AMC

Sobre el autor: Carmelo Rizzo es un exembjador, empresario y analista de la realidad nacional e internacional


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