La víspera del nuevo mando


Por: Carmelo Rizzo

La víspera no es celebración. Es tensión contenida. Es el momento en que los discursos bajan de volumen y se llenan de azúcar y miel, y la acida realidad empieza a exigir coherencia. Honduras llega a este cambio de mando no desde la ilusión, sino desde el desgaste. No es una debilidad reconocerlo; es una condición necesaria para no repetir errores. Lo que se vive no es un nacimiento limpio, sino un parto complejo, precedido por años de fricción, polarización y promesas que no lograron convertirse en estructura. Este veintisiete no termina una ideología. Termina una administración. Confundir ambas cosas sería un error de cálculo. El socialismo del siglo XXI no se vaporiza con una ceremonia austera ni con el relevo de autoridades. Permanece en hábitos, en desconfianza institucional, en un Estado que creció en tamaño, pero se encogió en eficacia. Eso no se corrige con consignas opuestas ni con relatos nuevos, sino con técnica y precisión.

Con la instalación del nuevo Congreso Nacional, escuchamos emotivas palabras. Mensajes de orden, de nuevas reglas, de buen manejo legislativo. Hay alivio y entusiasmo por el cierre de un régimen que terminó hediendo más a dogma que a república funcional. Pero conviene decirlo sin rodeos: las palabras inauguran, no gobiernan. La señal decisiva vendrá desde el 27 de enero. La austeridad real del presidente electo —en gestos, en forma y en equipo— será el primer mensaje serio al país y al mundo. No como pose simbólica, sino como método de gobierno. Y las autoridades que lo acompañen deberán ser caras nuevas, capacidades probadas y voluntades frescas, no reciclajes ni cuotas maquilladas de renovación. La ciudadanía no votó por un cuento.

Votó por normalidad. Por orden, trabajo y reglas claras que no cambien cada cuatro años. El nuevo mando no hereda una página en blanco. Hereda una democracia defectuosa: Congreso fragmentado, salarios públicos inflados, instituciones erosionadas y una sociedad escéptica que dejó de comprar promesas al crédito. No hay luna de miel posible. Y quizá eso sea sano. Los primeros 100 días no serán simbólicos.
Serán estructurales. No juzgarán intenciones ni buenas voluntades. Juzgarán algo más incómodo: capacidad de mando. Capacidad para priorizar, para ordenar, para cortar lo que no funciona y sostener lo que sí. Gobernar ahora no es inspirar; es administrar con pulso frío. Esta víspera no es romántica.
Es clínica.

Como todo parto real, duele, cansa y exige responsabilidad. La diferencia entre reconstrucción y repetición no estará en la narrativa, sino en las decisiones tempranas: poner mérito donde hubo lealtad, trabajo donde hubo propaganda y orden donde hubo fábula vacía. Mañana empieza el mando. Hoy termina la excusa. Y conviene recordarlo con una verdad republicana sencilla: escuchar al pueblo no es populismo; es prudencia. Gobernarlo bien es responsabilidad.AMC

Sobre el autor: Carmelo Rizzo es un exitoso empresario, exembajador y analista de la realidad nacional e internacional


Noticia Anterior Juan Diego se reúne con empresarios y cuerpo diplomático para acelerar trabajo
Siguiente Noticia EN VIVO: Sesión del Congreso de este lunes, vienen proyectos de gran interés