Del discurso al cronometro de la Racha

Por: Carmelo Rizzo
El nuevo gobierno ya habló. Ahora corre el tiempo. Las fotos sonríen. Las redes celebran, opinan y juzgan en tiempo real. Pero el país —el real— mide otra cosa: resultados comparables. Aquí el tiempo no es una abstracción retórica. Se siente en la mesa, en la calle, en el trámite que no avanza, en la espera que desespera. Cada día sin ejecución pesa más que un discurso perfecto. Las promesas no se cuentan. Se cronometran. Pero cronometrar no basta. La pregunta incómoda ya está instalada: ¿quién mide?, ¿cómo se valida?, ¿ante quién se rinden cuentas? Porque sin rendición clara, el reloj es solo escenografía. Febrero marca el punto exacto donde el relato empieza a perder valor y la gestión se vuelve observable. No por la oposición. Por el público. Por millones de ojos atentos, suspendidos sobre el poder
como drones cívicos, grabándolo todo. Son los tiempos modernos. La era de la información comparativa y los resultados. Todo se contrasta: antes y después, promesa y entrega, anuncio y ejecución.
El dato circula, se cruza, se verifica. Y cuando los números hablan, el relato obedece. Gobernar hoy ya no es anunciar planes. Es exponerlos. Fijar metas con fecha, responsables y métricas. Aceptar que la validación no puede quedar encerrada en comunicados oficiales ni en balances auto celebratorios. La rendición no puede ser solo gubernamental. Tiene que ser pública, periódica y entendible. ¿Dónde están los hitos del nuevo plan de gobierno? ¿Cuáles promesas entran en ejecución inmediata
y cuáles pasan a una maduración realista? ¿Qué se mide en 30, 60, 100 días? ¿Quién firma los avances
y quién responde por los atrasos?
Porque sin tablero, no hay racha. Y sin racha, no hay gobierno que resista el desgaste. En el mundo, mientras tanto, los grandes jugadores no esperan. Los botines se reparten entre pocos gigantes y el resto de los países solo cuenta si se mueve con precisión o queda congelado en retórica. Aquí no hay pausa. El reloj no se detiene por herencias recibidas ni concede prórrogas por buenas intenciones. El cronómetro sigue, aunque nadie lo mire. Al final, Honduras se parece cada vez más a una empresa corporativa expuesta. No por ideología, sino por realidad. Hoy hay una nueva Junta Directiva. Tiene mandato, poder de decisión y una tarea enorme: ordenar la casa, ejecutar el plan y sostener la operación. Pero como en toda empresa seria, el cargo no solo otorga autoridad. Impone rendición. Las buenas decisiones deberán ser explicadas, medidas y defendidas. Las equivocadas, reconocidas, corregidas y asumidas. Sin maquillaje contable. Sin balances creativos. Porque los accionistas —los catrachos— no invirtieron capital financiero. Invirtieron tiempo, paciencia y futuro. Y hoy esos accionistas no son pasivos. Observan. Comparan. Auditan desde la calle, las redes y la vida diaria. Millones de ojos encima del tablero, como drones cívicos siguiendo cada movimiento.
Gobernar ya no es solo dirigir. Es reportar. No solo anunciar. Entregar. Si la Junta elegida ejecuta bien, el país gana valor. Si falla, el mercado —la calle— corrige. No es castigo. Es gobernanza. Empezó febrero. Empezó la racha. Y esta vez, el país no pide relatos. Pide ejecución validada. El reloj ya está corriendo.
Porque debemos recordar que el poder termina y los resultados quedan. AMC
Sobre el autor: Carmelo Rizzo es un destacado empresario, diplomático y fino analista de la realidad nacional e internacional.
