El defecto como método de gobierno


Por: Carmelo Rizzo

Entre dos polos de América, Honduras es el ombligo. No el centro del poder, sino el punto donde todo se siente primero. Donde las presiones externas se cruzan, las tensiones internas se amplifican y cada decisión —o su ausencia— pesa el doble. El nuevo gobierno entra a su tercera semana con una intensidad política inédita en años recientes: agendas llenas, visitas constantes, reuniones multilaterales y señales externas claras. Un ritmo que no se vio en los últimos 4, 8 o incluso 12 años. Pero en el terreno doméstico, el pulso es otro. Hay fe. Y hay incertidumbre. En salud, seguridad y carreteras el país espera. No anuncios. Resultados. Esa espera empieza a sentirse. En los pasillos del Estado el clima es denso: temor entre empleados públicos, silencio sobre gastos, proyectos congelados y decisiones en pausa. No es caos. Es algo más sutil y más peligroso: gobernanza defensiva.

Aquí aparece el fenómeno central del momento político: La decisión es la indecisión. No decidir se vuelve una forma de controlar. Pausar, una manera de no equivocarse. El defecto, un método. No se actúa para no provocar. No se ejecuta para no fallar. No se confronta para no romper equilibrios. Ese tono —a ratos denso como un tinto, a ratos amargo como el mate— no es casual. Es el registro que hoy marca Buenos Aires en su pragmatismo negociador y Washington en su obsesión por la estabilidad. Honduras se mueve, por ahora, en ese espacio intermedio: orden antes que velocidad, control antes que choque, negociación antes que decisión. El problema no es el contexto. El problema es quedarse demasiado tiempo ahí.

Mientras afuera el país se reposiciona, adentro crece la ansiedad. Los mercados observan, los asalariados callan y la ciudadanía compara. En política, cuando el silencio se prolonga, se interpreta. En resumen, la dependencia del cogobierno soft tiene un costo concreto: la renuncia a la decisión unilateral. El Poder Ejecutivo no gobierna con manos libres; gobierna condicionado. Para asegurar su supervivencia en el Legislativo, la administración ha cedido parcelas del Ejecutivo —secretarías, cuotas de gestión y espacios de influencia— al Partido Liberal. No como alianza programática, sino como acuerdo de gobernabilidad de facto. Ese intercambio explica la pausa, la prudencia y por qué muchas decisiones no se toman, sino que se negocian.

Al mismo tiempo, los organismos de transparencia cumplen una función complementaria: validar moralmente una política de duros recortes fiscales que, sin ese respaldo ético-institucional, serían políticamente insostenibles. No deciden el ajuste, pero lo legitiman. No diseñan la política, pero la blindan.

Así, el poder se administra en capas: negociación política, por un lado, validación técnica por el otro y decisión ejecutiva diferida en el centro. Ese esquema contiene el conflicto, pero no acelera la ejecución. Sostiene el gobierno, pero no garantiza resultados. El defecto administra. La decisión construye. Honduras podría sobrevivir gobernado por defecto. No podrá avanzar así. Ser el ombligo de América no es destino. Es responsabilidad. Entre dos polos no se gobierna con épica. Se gobierna con método. Pero el método, sin ejecución, se vuelve excusa.

Gobernar por defecto es una elección costosa. La administración puede ser novata, pero no deberá ser inmóvil. El tiempo que hoy se gana evitando el conflicto, mañana se paga con ejecuciones retrasadas y errores desatinados. Pero el reloj no espera consensos: avanza con o sin decisión. — AMC


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