Banca y bolsa
Por: Edgar Gutiérrez V. /Gerente de la Bolsa Centroamericana de valores
Diversificar las fuentes de financiamiento no es un lujo corporativo ni una “sofisticación” reservada para grandes grupos empresariales. Es, en esencia, una decisión básica de gestión de riesgo. Cuando una empresa depende casi exclusivamente de una sola vía, típicamente la banca, no solo concentra su exposición a tasas y plazos, sino que también se vuelve vulnerable a factores que no controla: cambios en la liquidez del sistema, ciclos económicos adversos o decisiones internas de crédito. En términos simples, quien se financia únicamente con la banca negocia con un solo portero; el mercado de valores, en cambio, abre más puertas.
La ventaja de diversificar no se limita a la búsqueda de una tasa más baja. El verdadero valor está en construir una estructura financiera más estable, resiliente y estratégica. Existen proyectos cuyo retorno se materializa en el largo plazo, como aquellos vinculados a expansión, modernización, adquisiciones, infraestructura o tecnología. Financiar este tipo de iniciativas con créditos de corto o mediano plazo obliga a refinanciar de manera recurrente, elevando el riesgo de rollover. Cuando el mercado bancario se restringe o se comprime la liquidez, las tasas de interés tienden a subir y el apetito crediticio se reduce. En ese escenario, incluso empresas con negocios sólidos pueden enfrentar tensiones innecesarias.
Es en este contexto donde incorporar el mercado de valores como parte del mix de financiamiento aporta beneficios claros y estructurales.
El primero es el plazo. La emisión de deuda ya sea mediante bonos, papeles comerciales o programas de emisión, permite estructurar vencimientos alineados con la vida útil de los proyectos. Esto mejora el calce de flujos, reduce la dependencia de renegociaciones periódicas y aporta previsibilidad financiera.
El segundo beneficio es la diversificación de contrapartes. La banca concentra la relación en pocos actores. El mercado de valores, en cambio, abre el acceso a una base más amplia de inversionistas: institucionales, fondos, aseguradoras, banca privada y, en algunos casos, inversionistas individuales. Esta diversidad no solo puede mejorar condiciones financieras, sino que reduce el riesgo de quedar “sin silla” cuando una entidad decide recortar su exposición a un sector o a un emisor específico.
El tercero es la reputación y la disciplina. Una empresa que emite y cumple construye un historial público de comparabilidad y credibilidad. La exigencia de reportes, transparencia, auditoría y buen gobierno corporativo suele percibirse como una carga; sin embargo, en la práctica se convierte en un activo estratégico. Reduce la incertidumbre, baja gradualmente las primas de riesgo y mejora el acceso futuro a capital, incluso dentro del propio sistema bancario.
Ahora bien, incorporar el mercado de valores no es un proceso automático. Exige preparación: información financiera consistente, controles internos sólidos, auditorías confiables y una gobernanza capaz de rendir cuentas. También implica costos fijos de estructuración y cumplimiento que pesan con mayor fuerza en empresas medianas. Del lado del mercado, persisten desafíos como la liquidez limitada, una base inversionista concentrada y la escasa profundidad en algunos países o segmentos. Sin embargo, estos obstáculos no deberían ser una excusa para ignorar el mercado de valores; deberían ser, precisamente, el incentivo para fortalecerlo.
La discusión, por tanto, no es “banca versus bolsa”. Es banca y mercado de valores, cada uno cumpliendo un rol distinto y complementario. La banca es clave para el capital de trabajo, los servicios transaccionales y una relación crediticia flexible. El mercado de valores es una herramienta potente para el financiamiento de mediano y largo plazo, para proyectos transformacionales y para la diversificación de riesgos. Las empresas que entienden esta diferencia dejan de financiarse por costumbre y empiezan a financiarse con estrategia.
Si aspiramos a economías más competitivas, necesitamos empresas menos dependientes de una sola llave de liquidez. Diversificar las fuentes de financiamiento e incorporar el mercado de valores no solo fortalece los balances empresariales; también profundiza el ahorro interno, mejora la asignación de capital y reduce las fragilidades sistémicas. En tiempos de volatilidad, la resiliencia no se improvisa: se estructura.
** Publicado originalmente en larepública.net
