De las botas a los ritmos: Dos Benitos, la misma fatiga humana


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Por: Carmelo Rizzo

Los romanos lo dejaron escrito con crudeza: panem et circenses. Cuando el Estado no resuelve lo esencial, ofrece alivio emocional. No como engaño simple, sino como contención del malestar. Pan para el cuerpo. Espectáculo para la psique. La historia no se repite. Pero rima. Hace un siglo, en la Europa de posguerra, la fatiga social no pedía doctrina; pedía orden. Identidad. Sentido. En Italia se arrastraban humillación, inflación y un Estado incapaz de responder con método. En ese vacío emergieron las botas: desfiles, símbolos, promesas de grandeza. No fue solo política; fue psicología colectiva. Cuando la economía no ordena y la institución no contiene, la emoción ocupa el espacio.

Hoy el escenario es otro. Las botas ya no marchan. Suenan los ritmos. Las masas no se congregan en plazas; se agrupan en plataformas. No corean consignas; comparten canciones, estéticas y relatos virales. La emoción ya no desciende desde el poder; circula por algoritmos. No baja en uniforme; se multiplica en pantalla. La diferencia tecnológica es enorme. La base humana, no tanto. Dos “Benitos” separados por un siglo funcionan como marcadores simbólicos de un mismo fenómeno: sociedades cansadas que buscan sentido cuando el método falla. El paralelismo no está en las personas, sino en el momento histórico. Ayer, propaganda centralizada; hoy, cultura distribuida. Ayer, épica nacional; hoy, identidad fragmentada. En ambos casos, una fatiga económica y social que pide alivio inmediato.

La diáspora latina en Estados Unidos —y en particular la catracha— es un espejo claro. Cientos de miles viven bajo figuras temporales como el TPS, en una espera frágil, mientras el control migratorio no genera pertenencia: genera incertidumbre. Las botas presionan. Los ritmos no nacen de esa presión; nacen del vacío que deja la política cuando no protege ni explica. La cultura no causa el problema. Lo amortigua. Cuando la madre patria no ofrece horizonte y el país del destino no ofrece certeza, la identidad busca refugio donde puede. Música, símbolos, comunidad digital. No por frivolidad, sino por supervivencia emocional. Ahí está el punto incómodo: la manipulación moderna no necesita coerción constante; necesita emoción permanente. Antes el gesto era militar. Hoy es estético. Antes el mensaje descendía desde el Estado. Hoy se replica sin mediación.

El riesgo no está en el artista, ni en la canción, ni en lo decorativo. Está en el vacío institucional que las vuelve necesarias. Las sociedades no colapsan por cantar o expresarse; colapsan cuando confunden identidad con política pública y emoción con solución estructural.

De las botas a los ritmos, el siglo cambió. La tecnología también. La fatiga humana, no. Cuando el método se debilita, el espectáculo gana terreno. Y cuando la política se demora, la sociedad busca su propio ritmo — AMC


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