Enigma de Racetrack Playa: las rocas que caminan solas en el Valle de la Muerte


En una llanura aislada del Valle de la Muerte, en el desierto de Mojave, California, las rocas parecen cobrar vida. Dejan largos surcos sobre el suelo y aparecen a metros de donde estaban antes, como si una fuerza invisible las hubiera arrastrado durante la noche.

El fenómeno es real. Y durante décadas ha sido uno de los mayores misterios geológicos de Estados Unidos. Durante décadas, el fenómeno desconcertó a científicos, visitantes y curiosos.

Las explicaciones se multiplicaron: algunos pensaron en ráfagas de viento capaces de arrastrar las rocas sobre el barro húmedo; otros imaginaron campos magnéticos, capas de hielo demasiado gruesas, películas de algas que actuarían como lubricante e incluso bromas humanas.

Y cómo no, tampoco faltó la teoría extraterrestre. El escenario concreto se llama Racetrack Playa. A simple vista parece una inmensa llanura de arcilla gris, casi perfectamente plana, que se extiende durante kilómetros entre montañas desnudas y silenciosas.

MISTERIOSAS HUELLAS

De esas laderas caen, por efecto de la erosión, muchas de las piedras que acaban sobre el fondo seco de la playa. Y es allí, sobre ese suelo duro y agrietado, donde empiezan las huellas y también el misterio.

Hay piedras que avanzan hasta cientos de metros casi en línea recta, mientras otras trazan curvas amplias, giran de pronto o parecen haber cambiado de rumbo sin explicación aparente, como si alguien hubiese corregido su trayectoria a mitad del camino.

Dos piedras similares, colocadas una al lado de la otra, pueden empezar a moverse en paralelo y de repente separarse sin motivo aparente.

La primera referencia documentada al fenómeno se remonta al año 1915, cuando un buscador de oro llamado Joseph Crook llegó hasta Racetrack Playa y se encontró con una escena difícil de interpretar: piedras inmóviles sobre el barro seco y, detrás de ellas, largos surcos que sugerían un desplazamiento imposible.

Crook no vio moverse las rocas, pero sí dejó constancia de aquellas marcas que parecían no tener lógica.

MOTIVO DE ESTUDIOS

En 1948, los geólogos Jim McAllister y Allen Agnew cartografiaron la zona y publicaron una de las primeras descripciones científicas de los rastros.

Los atribuyeron a fuertes ráfagas de viento sobre un suelo fangoso, una explicación razonable para la época, pero incompleta: el viento formaba parte del fenómeno, aunque no actuaba solo.

Según recoge un artículo sobre el tema de la revista Smithsonian, en 1952, otro investigador intentó demostrarlo inundando parte de la llanura y generando fuertes corrientes de aire con la hélice de un avión, pero los resultados fueron nuevamente inconclusos.

Las décadas siguientes el interés se mantuvo y siguieron las teorías, hasta que, en 1968, los geólogos Robert Sharp y Dwight Carey pusieron en marcha el primer programa sistemático de seguimiento.

Marcaron 30 piedras con nombres propios, clavaron estacas para registrar sus posiciones y volvieron a medirlas durante siete años. Los resultados fueron sorprendentes.

Casi todas las piedras habían cambiado de posición, pero cada una parecía seguir su propia trayectoria.

Algunas apenas se desplazaron unos metros, mientras que otras recorrieron distancias considerables. La más activa de todas, bautizada como Nancy, avanzó unos 260 metros (860 pies) a lo largo del estudio.


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