Estados Unidos y Taiwán sellan un histórico acuerdo de $250.000 millones


En un movimiento que promete alterar el tablero geopolítico de la próxima década, Estados Unidos y Taiwán han alcanzado un acuerdo comercial de alcance histórico.

La alianza implica una inyección de capital de empresas taiwanesas en suelo estadounidense por valor de 250.000 millones de dólares (250 billones en la nomenclatura anglosajona), centrada en la producción de microchips de última generación.

Para Pedro Isern, director ejecutivo del Centro para el Estudio de las Sociedades Abiertas Contemporáneas (CESCOS), este movimiento trasciende lo meramente económico: «Estamos ante un acuerdo geopolítico estratégico entre la democracia más poderosa del mundo y una ejemplar democracia insular amenazada por la dictadura más poderosa del mundo».

El gigante TSMC y la expansión en Arizona

El eje central del acuerdo es TSMC, la mayor fabricante de microchips del planeta. Según detalla el análisis de Isern, la compañía taiwanesa ampliará masivamente su presencia en Arizona. A los 65.000 millones de dólares ya comprometidos para tres fábricas, se suman promesas por otros 100.000 millones, con el objetivo de establecer un complejo de 11 fábricas, plantas de ensamblaje y centros de I+D.

Paralelamente, el gobierno de Taipéi garantizará créditos para consolidar el traslado de un ecosistema logístico de empresas taiwanesas a EE. UU., mientras que Washington reducirá las tarifas a las exportaciones desde la isla.

El debate sobre el «Escudo de Silicio»

Una de las grandes interrogantes que plantea este acuerdo es si el traslado de la producción debilita el llamado «Escudo de Silicio», la teoría de que la dependencia mundial de los chips taiwaneses protege a la isla de una invasión china.

Aunque el secretario de Comercio de EE. UU., Howard Lutnick, ha expresado el deseo de trasladar el 40% de la cadena de suministro a Estados Unidos para 2029, Isern llama a la cautela y pone en perspectiva estos comentarios citando fuentes taiwanesas.

«Trasladar una parte importante de la capacidad de chips de Taiwán a Estados Unidos en sólo tres años no es práctico», señala el análisis, referenciando editoriales del Taipei Times y proyecciones del ministro Kung Ming-hsin, quien estima que para 2036 el 80% de los chips más avanzados se seguirán produciendo en Taiwán.

Bajo la óptica de Isern, el acuerdo, lejos de desproteger a la isla, la blinda: «Este acuerdo fortalece el ‘Escudo de Silicio’ porque consolida una geoeconomía que tiene a los Estados Unidos como un evidente primus inter pares. Al recibir semejante inversión, EE. UU. profundizará su acercamiento a Taiwán y, aún más importante, este acercamiento trascenderá a la administración Trump».

La reacción de China y el riesgo global

Como era previsible, Beijing ha interpretado el acuerdo como una provocación. «El creciente giro autoritario que lidera Xi Jinping asume, por definición, que todo lo ajeno es una provocación o una amenaza», explica el director de CESCOS.

El analista advierte sobre las catastróficas consecuencias de una hipotética invasión china, citando un estudio de Bloomberg Economics que proyecta una caída del 10% del PIB global, una cifra superior a la registrada tras el crash del 29. «Mientras China se prepara para la guerra, el resiliente Taiwán se prepara para la paz de la mano de la profundización del comercio», sentencia Isern.

Una oportunidad perdida para América Latina

Finalmente, el análisis de Isern lanza una advertencia para la región latinoamericana. Mientras las democracias liberales como Japón, Alemania y los Países Bajos cierran filas en torno a la cadena de semiconductores, América Latina parece quedar al margen.

«Nuestra región no ha reparado en la potencial oportunidad que significa ser receptora de inversiones taiwanesas», concluye Isern, atribuyendo esta falta de visión a una política «ingenua e irresponsable» que ha priorizado a China como socio comercial hegemónico en la región.


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