Antes de la pausa – entre el Golfo y la procesión


Por: Carmelo Rizzo

La Semana Santa fue pensada como una pausa. Un momento para detenerse, reflexionar y —al menos en teoría— ordenar el espíritu. Pero el mundo moderno no se detiene. No descansa. Y definitivamente no ayuna.

Este año, la antesala de esa pausa ocurre bajo una coincidencia incómoda: mientras la fe invita al silencio… el mundo vive en tensión. En el Golfo Pérsico, la situación escala. No hace falta un bloqueo total. Basta la amenaza. Basta la incertidumbre. El petróleo reacciona. Los mercados también. Y, como siempre, la cadena termina en lo cotidiano.

Porque cuando sube la energía… sube todo. Sube el transporte. Suben los alimentos. Suben los costos que no salen en titulares, pero sí en la mesa. El impacto no distingue. La diferencia está en quién lo absorbe… y quién lo sufre. Mientras tanto, aquí entramos en modo pausa. Carreteras llenas. Procesiones iluminadas. Consumo estacional. Pero es una pausa parcial. Y, muchas veces, ilusoria. Porque hay realidades que no esperan. Carreteras pendientes. Cirugías postergadas. Decisiones sin calendario.

Eso no es política. Es vida. Y la gestión no se mide en discursos. Se mide en continuidad. Menos exposición. Más ejecución. Sin embargo, el espacio público se llena de otra cosa: ruido. Figuras del pasado regresan como novedad. Mucha luz. Mucho encuadre. Poco contenido. … como si la historia fuese una alfombra roja. El problema no es el espectáculo. Es confundirlo con dirección. Pan y circo. Viejo. Efectivo. Recurrente. Y ahora, un nuevo capítulo: el juicio político 2026. La pregunta no es jurídica. Es de prioridad. ¿Conviene? Probablemente sí. Pero al catracho —el que paga combustible, el que espera una cirugía— le interesan otras urgencias. La justicia es necesaria. Pero el hambre no espera. Y la salud tampoco. Cuando estos procesos se vuelven show, dejan de ordenar… y empiezan a distraer. Se vuelven narrativas. Útiles, sí… pero más para quienes suben escalones que para quienes siguen esperando respuestas.

Porque, al final, las necesidades de muchos superan las de unos pocos. Y el ruido alcanza… pero no orienta. Debajo, la realidad sigue latiendo. Y hoy se parece a un iceberg: lo visible es poco… lo peligroso está debajo. El problema no es solo la incertidumbre. Es la falta de dirección.

La Semana Santa ofrece algo distinto: pausa con propósito. No para ignorar. Para ver sin ruido. Porque entre el Golfo y la procesión hay una diferencia esencial: unos llenan el tiempo. otros buscan sentido.

Roma no se hizo en un día. Pero perder el rumbo… toma mucho menos.  — AMC


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