La Gattuseada no es la Racha

Por: Carmelo Rizo
Italia no va al Mundial. Y no es casualidad. Los Azzurri, que durante décadas fueron sinónimo de orden, disciplina y carácter, hoy quedan fuera —otra vez— no por falta de historia, sino por acumulación de decisiones mal ejecutadas. En el fútbol, como en la vida, el pasado no juega. Juegan las decisiones.
Y ahí empieza la incomodidad. Porque lo que le ocurre a Italia en la cancha no es ajeno. Es un espejo. Un aviso. Incluso los sistemas más sólidos se desgastan cuando dejan de corregirse. Italia no perdió solo partidos. Perdió precisión. Y ese fenómeno no es exclusivo del fútbol.
En Honduras —que tampoco va al Mundial— el problema adopta otra forma: migración constante, diáspora creciente, dependencia de remesas y una estructura que se sostiene más por lo que sale que por lo que se construye. Distinto contexto. Mismo síntoma: desfase entre potencial y ejecución.
En la cancha, ese desfase se paga rápido. Quedas fuera. En la república, se disimula.
Se habla de racha, de estabilidad, de que “todo va bien”. Pero no. La “Gattuseada” —el empuje, la intensidad, la reacción— sirve para competir. Pero no para sostener un proceso.
“La Racha” —la narrativa de continuidad— sirve para mantener ánimo. Pero no reemplaza resultados. Y cuando se confunden, aparece el problema: mucho movimiento… poco avance. Si vemos los procesos recientes, el paralelo es incómodo.
Aquí en Honduras, las elecciones de noviembre de 2025 reflejaron una participación limitada y un mandato con bases estrechas. Más que una decisión sólida, predominó una elección fragmentada.
En Italia, los procesos políticos recientes evidencian otra forma del mismo dilema: una sociedad que sigue mirando su pasado con peso histórico, mientras su diáspora proyecta el futuro fuera de sus fronteras.
Distintas realidades. Mismo fondo: decisiones que no terminan de reconciliar identidad, dirección y futuro. No estamos frente a una crisis aislada. Estamos frente a un patrón: políticas desechables y estrategias sin continuidad.
Las redes no crean el problema. Lo revelan. Y lo que reflejan no es enojo. Es desencanto. Porque la gente ya no reacciona… se retira. Italia lo vio en el marcador. Otros pueblos aún lo sostienen en narrativa. Pero el resultado… siempre llega. No somos lo que fuimos. Ni lo que creemos ser. Somos —y solo somos—
lo que logramos sostener con decisiones correctas en el tiempo. Y cuando esas decisiones fallan,
no hay arrebato que salve, ni racha que oculte.
No quedamos fuera por falta de juego, sino por la costumbre de errar… sin corregir. Y toda república que no corrige, no cae de golpe —como creen los ingenuos— se consume lentamente…administrando su propia decadencia. — AMC
