MORAZÁN, TODAVÍA


Europa empezaba a narrar el siglo. Centroamérica acababa de pagarlo.

OPINION — OCTUBRE 05, 2026 —  CARMELO RIZZO

Hay algo profundamente fiel, casi obstinado, en Francisco Morazán. No porque haya sido nuestro Conde de Montecristo —no lo fue— sino porque ambos pertenecieron al mismo siglo de cartas capaces de cambiar destinos, conspiraciones, exilios, códigos de honor, pólvora y hombres dispuestos a arriesgarlo todo por una idea. Morazán fue fusilado en San José, Costa Rica, el quince de septiembre de mil ochocientos cuarenta y dos. Dos años después, Alexandre Dumas comenzaba a publicar por entregas El Conde de Montecristo en París. Europa empezaba a convertir aquel siglo en novela. Centroamérica acababa de pagarlo.

Pero Morazán no fue personaje de ficción. Nació en Tegucigalpa el tres de octubre de mil setecientos noventa y dos y terminó convirtiéndose en presidente de la República Federal de Centroamérica, profundamente identificado con el proyecto unionista regional. Su historia atravesó gobierno, guerra, Federación, derrota y exilio antes de aquel paredón final.

Quizá por eso su historia conserva una oscuridad que las estatuas suelen borrar. Al prócer lo vemos limpio, inmóvil, victorioso sobre el pedestal. Al hombre habría que imaginarlo de otra manera: tomando decisiones sin conocer el final, perdiendo aliados, viendo fragmentarse un proyecto político y descubriendo que una idea puede sobrevivir incluso cuando quien la impulsa ya no puede hacerlo. La historia real nunca ofrece al protagonista la ventaja de haber leído el último capítulo.

Y entonces, en pleno dos mil veintiséis, la historia ofrece una escena que Morazán difícilmente habría imaginado. En San Salvador hay ahora un nuevo mausoleo, casi con aire de panteón, junto al Palacio Nacional. El presidente Bukele recibe la espada y la deposita frente al busto del general. Todo parece montado para una superproducción de Netflix: militares de gala, antorchas, carruaje, sable, mármol… y el derrotado del siglo diecinueve regresando convertido en paladín del siglo veintiuno. Y alrededor del símbolo aparece inevitablemente otra tentación muy antigua del poder: acercarse al héroe, compartir su luz, sugerir alguna continuidad. Esto resulta hasta irónico. Morazán no dejó una corona que heredar. Dejó preguntas que contestar.

Eso no convierte automáticamente todas sus ideas en correctas ni obliga a idealizarlo. Tampoco significa que sus adversarios hayan desaparecido de la historia. Significa algo más interesante: la derrota de un hombre y la derrota de una idea no siempre ocurren al mismo tiempo. Quienes lo combatieron pudieron ganar gobiernos, territorios o batallas. Morazán perdió casi todo aquello que podía medirse en vida, pero su figura sigue discutiéndose después de muerto. La propia leyenda y las conmemoraciones posteriores muestran hasta qué punto su memoria quedó incorporada a la construcción simbólica hondureña y centroamericana.

Tal vez por eso, doscientos treinta y cuatro años después de su nacimiento, seguimos regresando a él. No para preguntarle cómo gobernaría nuestro tiempo ni para acomodarlo cómodamente a las etiquetas políticas actuales. Volvemos porque varias de las preguntas que enfrentó —educación, instituciones, ciudadanía, poder y Centroamérica— continúan siendo reconocibles. Septiembre nos dejó la Independencia, la libertad, los pliegos y el mensaje. Octubre nos devuelve al hombre que intentó convertir aquellas palabras en proyecto. El paredón terminó con Morazán. No terminó con la pregunta. Quizá esa fue su última victoria: seguir llegando después de haber perdido. MORAZÁN · RELOADED — AMC


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