Adiós a Eva Marie Saint, la leyenda de Hollywood que conquistó a Kazan y Hitchcock
Eva Marie Saint, una de las últimas grandes leyendas de la época dorada de Hollywood y musa inolvidable de Alfred Hitchcock, falleció en su residencia de Los Ángeles, California, según informaron representantes de su familia.
Con 102 años de edad y una carrera impecable que abarcó casi ocho décadas, la actriz dejó una huella imborrable en la historia del cine antes de retirarse de los escenarios, habiendo realizado sus últimos trabajos en el doblaje de voz hace apenas un lustro.
Su elegancia y longevidad siempre estuvieron acompañadas de un gran sentido del humor. En 2018, al subir al escenario del teatro Dolby con 93 años para entregar un premio Óscar, despertó las sonrisas del público al declarar con picardía: “Soy más vieja que la Academia de Hollywood”.
NACIÓ EN 1924

Aquella broma en la gala no era ninguna exageración: la Academia se fundó en 1927 y celebró sus primeros premios en 1929, mientras que Saint llegó al mundo en julio de 1924.
Con su partida, el mundo del espectáculo pierde a uno de los pilares centenarios que unían al cine contemporáneo con los años de esplendor de los grandes estudios. La meca del cine ya prepara su tributo rindiendo homenajes y colocando flores sobre su estrella, ubicada en el 6730 de Hollywood Boulevard.
Aunque la lista de supervivientes de aquella era es cada vez más corta, Hollywood aún cuenta con figuras centenarias como el cómico Mel Brooks y el recordado Dick Van Dyke (Mary Poppins). Asimismo, Tippi Hedren, otra de las icónicas rubias de Hitchcock en Los pájaros, cumplió 96 años en enero, alejada de los focos desde hace casi una década.
CON ELIA KAZAN
Originaria de Nueva Jersey, Eva Marie Saint descubrió su pasión por la interpretación en los escenarios de la universidad en Ohio. Sus primeros pasos profesionales se dieron a mediados de los años cuarenta, interpretando breves papeles en publicidad comercial antes de dar el salto a los cortometrajes y a la naciente televisión.
Tras perfeccionar su talento en el prestigioso Actor’s Studio de Nueva York, ganó un espacio en los hogares estadounidenses gracias a la serie One Man’s Family (entre 1950 y 1952).
Aunque el proyecto no era del todo de su agrado, le otorgó una notable popularidad y estabilidad económica. Más adelante, consolidó su presencia en la pantalla chica al encarnar a Sheila Dixon en 40 capítulos de la serie de detectives Martin Kane, Private Eye.

Sin embargo, el verdadero despegue cinematográfico llegó bajo la dirección de Elia Kazan en La ley del silencio. Su interpretación de Edie cautivó tanto al público como a los críticos. El largometraje arrasó con ocho premios de la Academia, incluyendo mejor película, mejor director y mejor actor para Marlon Brando.
Para Saint, significó su primera nominación y el único Óscar de su trayectoria. El día de la ceremonia, con un embarazo de nueve meses, confesó con emoción al recibir la estatuilla que los nervios podrían adelantar el parto; su hijo nació apenas dos días después.
CON LA MUERTE EN LOS TACONES
El reconocimiento internacional masivo se materializó un lustro más tarde con Con la muerte en los talones (1959), la joya de suspense dirigida por Alfred Hitchcock. En ella, Saint interpretó a Eve Kendall, una de las icónicas «rubias frías» del cineasta, sirviendo como el contrapunto perfecto para Cary Grant.
Durante una retrospectiva en el año 2000 en el Festival de Cine de San Sebastián, la actriz rememoró con cariño las tres estrictas directrices que el director le impuso para encarnar a la enigmática espía: “Primero, baja la voz; segundo, no uses las manos; y tercero, la más importante, mira siempre fijamente a Cary Grant a los ojos. Lo último fue bastante fácil”, relató entre risas.
Para Saint, dar vida a ese personaje sofisticado supuso un reto único en su filmografía, pues jamás había encarnado a una mujer seductora ni volvió a hacerlo.
Al reflexionar sobre la fijación del director con sus actrices, concluyó de manera simple: «Para empezar, siempre eran rubias».
En ese mismo festival, recordó la caballerosidad de Cary Grant —fallecido en la década de los ochenta—, a quien describió como un compañero generoso que poseía un magnetismo único, «algo que lo hacía parecer casi inalcanzable».

