El gobierno de una democracia defectuosa

Por: Carmelo Rizzo
El futuro no llega como promesa. Llega como advertencia. En Metrópolis, filmada en blanco y negro hace casi un siglo, era el 2026 y no era una utopía. Era una ciudad partida en dos: arriba, el poder que calcula; abajo, la multitud que sostiene la máquina. No había épica ni relato salvador. Había engranajes, ritmo y un reloj que no se detenía.
Honduras entra a su propio 2026 no desde la estabilidad, sino desde el desgaste. Los que se van no cayeron por una ruptura institucional, sino por agotamiento del poder. Gobernaron durante cuatro años más por inercia que por legitimidad renovada. Esto no siempre se llama dictadura; muchas veces se parece más a un gobierno de facto: legal en la forma, erosionado en el fondo. Los nuevos que llegan, en cambio, no heredan una república plena. Heredan una democracia defectuosa: margen electoral estrecho, Congreso fragmentado, alianzas frágiles y una ciudadanía cansada de promesas. No es una ofensa. Es una descripción técnica y realista.
La diferencia entre ambos no es moral. Es operativa. Un gobierno de facto no se corrige. Una democracia defectuosa solo sobrevive si se corrige a tiempo. Ahí entran los primeros 100 días. La historia no inventó este plazo por casualidad. Napoleón, tras su regreso del exilio, gobernó durante Les Cent-Jours: un período corto e intenso donde la velocidad y la claridad de mando definieron su legado inmediato. En 1933, Franklin D. Roosevelt asumió en medio de la Gran Depresión y utilizó sus primeros 100 días para imponer ritmo, ordenar el caos y restaurar la confianza. No resolvió la crisis, pero demostró capacidad de gobierno.
Desde entonces, los 100 días funcionan como examen temprano del poder.
En el caso hondureño, este examen no será simbólico. Será estructural. El nuevo gobierno inicia sin consenso legislativo firme y con una plataforma política inestable. Por eso, estos 100 días no deben leerse como inauguración, sino como obra en construcción. Ninguna acción seria empieza por la fachada. Empieza por los cimientos. Aquí los cimientos son tres, y no hay atajos: Salud, para estabilizar lo humano y evitar que el sistema siga deteriorándose mientras se reforma. Economía, para romper la parálisis, mover el motor productivo y devolver certidumbre básica. Política, para ordenar el mando, fijar límites tempranos y demostrar que se gobierna con dirección, no solo con negociación. No esperamos que Honduras se salve en 100 días. Se espera algo más realista y más necesario: que enderece el rumbo del País. Porque una democracia defectuosa tiene una sola oportunidad real: demostrar, temprano, que sabe corregirse. Si no lo hace, corre el riesgo de repetir los vicios de los gobiernos malogrados que deja atrás.
Metrópolis nos dejó una lección incómoda pero útil: las máquinas no se detienen por discursos. Se detienen por fallas de mando. Y se corrigen con decisiones a tiempo. El reloj ya corre. El conteo comenzó antes del 27 de enero. Y el primer corte no será ideológico ni narrativo. Será práctico. Los 100 días no juzgarán intenciones. Juzgarán capacidad. La suerte está echada. Que la democracia imperfecta se vuelva fuerte. — AMC
Sobre el autor: Carmelo Rizzo es un empresario, exembajador y fino analista de la realidad nacional e internacional
