EL ÚLTIMO PLIEGO
La noticia llegó. La interpretación sigue pendiente.
OPINION — septiembre 28, 2026. — Carmelo Rizzo

El mensajero cumplió. El caballo también. Sería bastante injusto que, doscientos cinco años después, siguiéramos culpando al transporte. El quince de septiembre de mil ochocientos veintiuno se proclamó en Guatemala la separación de España y los pliegos comenzaron su recorrido hacia las provincias. El veintiocho llegaron correos urgentes a Comayagua y Tegucigalpa. Venían con noticias suficientemente grandes para cambiar la historia y suficientemente pequeñas para caber dentro de unas hojas selladas.
Lo interesante ocurrió después. Mismo día, mensaje semejante, dos centros políticos importantes y lecturas distintas del futuro. Tegucigalpa se alineó con lo decidido en Guatemala; en Comayagua, autoridades políticas y religiosas aceptaron la Independencia, pero se inclinaron hacia la anexión a México bajo el Plan de Iguala. Los mensajeros habían terminado su recorrido. El pliego había llegado. La interpretación apenas comenzaba.
De jóvenes nos contaban historias donde la gran honradez consistía en llevar un mensaje hasta su destino: atravesar montañas, no perder el encargo y cumplir la misión. Aquellos correos hicieron precisamente eso. El mensajero cumplió. El caballo cumplió. El pliego llegó. El problema empezó después. Porque recibir un mensaje nunca ha significado necesariamente comprenderlo; comprenderlo tampoco garantiza ejecutarlo.
Y el pliego no llegó a una página en blanco. Comayagua y Tegucigalpa ya tenían autoridades, intereses, rivalidades y maneras distintas de imaginar lo que debía venir después. La pregunta dejó velozmente de ser solo qué decía el documento. También importaba quién tenía autoridad para interpretarlo, qué intereses defendía y hasta dónde estaba dispuesto a llevar sus consecuencias. Centro o provincia, autonomía o integración, poder civil o autoridad religiosa, interés local o proyecto común: no todos esos dilemas nacieron aquel día ni permanecieron iguales, pero varios acompañarían la difícil construcción política centroamericana.
Allí empieza a aparecer Morazán. No todavía como estatua, presidente o héroe de bronce, sino como un hombre joven perteneciente a una generación obligada a convertir palabras enormes —Independencia, libertad, República, Federación— en estructuras capaces de funcionar. Su educación tuvo mucho de autodidacta, pero tampoco surgió de la nada: la biblioteca de Dionisio de Herrera le permitió acercarse a Rousseau, Montesquieu, Diderot y D’Alembert, ideas de republicanismo e Ilustración que después formarían parte del mundo intelectual desde el cual pensaría Centroamérica.
Y aquí aparece la ironía de nuestro tiempo. En mil ochocientos veintiuno el problema podía ser el camino: días de viaje, caballos, barro y distancia. Hoy un mensaje atraviesa el planeta en segundos. Tenemos fibra óptica, satélites, teléfonos inteligentes y algoritmos. La velocidad dejó de ser la excusa. Podemos recibir cualquier mensaje instantáneamente y aun así necesitar años —o generaciones— para decidir qué significa y qué estamos dispuestos a hacer con él.
Quizá por eso los pliegos siguen llegando. No aquellos papeles, que cumplieron hace mucho su recorrido, sino las preguntas que contenían y que cada generación recibe nuevamente: ¿qué significa ser libre?, ¿quién limita al poder?, ¿qué exige la ciudadanía?, ¿qué vale una institución?, ¿qué hacemos con Centroamérica?
El último pliego, entonces, quizá nunca estuvo dentro de aquella valija que salió de Guatemala. Quizá todavía está frente a nosotros. El mensajero ya cumplió. El caballo también. Doscientos cinco años después, sería absurdo seguir esperando instrucciones. La noticia llegó. ¿QUÉ VAMOS A HACER CON EL MENSAJE? — AMC
