La libertad no venía con garantía
La Independencia nos dio la llave. Nunca prometió que la casa estaría terminada.

Por: Carmelo Rizzo
Pasaron los desfiles. Se guardaron muchas banderas y, casi al mismo tiempo, regresaron las lluvias. Tegucigalpa volvió a mojarse: tarde, pero seguro. Y quizá septiembre también sirve para eso, para empaparnos —aunque sea tarde— de lo que significa la libertad. Porque una cosa es celebrar la Independencia y otra muy distinta entender qué hacemos con ella cuando termina el desfile. La lluvia puede volver cuando cambia el viento. La República no funciona así.
Ser libre y saber qué hacer con la libertad son cosas diferentes. Una nación puede romper un vínculo político y conservar hábitos de dependencia, privilegios, improvisación y caudillismo. Puede tener bandera, himno y fronteras y seguir esperando que otro resuelva lo que corresponde construir entre todos. La Independencia nos dio la llave; nadie prometió que detrás de la puerta encontraríamos una República terminada. No venía con garantía, manual de instrucciones ni servicio técnico.
Morazán pertenece precisamente a ese momento incómodo. Fue líder del liberalismo regional y presidente de la República Federal de Centroamérica; su proyecto reformista chocó con particularismos provinciales, ambiciones militares, oposición eclesiástica, presiones externas y una profunda fragilidad financiera. La Federación terminó desintegrándose y él acabó derrotado y exiliado antes de su regreso final. Más que colocarle una etiqueta política del siglo XXI, conviene leerlo como un liberal republicano, federalista y reformista de su tiempo: alguien que intentó convertir la emancipación en instituciones, leyes y una idea de Centroamérica.
Por eso vale más leerlo que simplemente cubrirlo de flores. Sus ideas tocaron educación, legislación, organización del Estado y la relación entre poder civil y autoridad religiosa. Y allí empezó el precio de reformar. No porque toda reforma fuera necesariamente correcta ni porque sus adversarios carecieran de razones, intereses o temores propios. La historia rara vez cabe en una división cómoda entre buenos y malos. Pero hay algo que permanece: cuando una idea abandona el papel y empieza a cambiar reglas, deja de ser inocente.
La libertad, además, necesita mantenimiento. No se conserva sola por haber sido proclamada una vez. Necesita educación que enseñe a pensar, justicia que funcione, instituciones capaces de limitar el poder, ciudadanos que entiendan derechos y deberes, empresas que produzcan, medios que informen y una sociedad capaz de discutir sin convertir cada diferencia en enemistad. Una República no se termina de construir en una fecha patria. Se construye —o se deteriora— todos los días, casi siempre lejos de los desfiles.
Tal vez ahí quedó nuestra Pandora republicana: libertad, educación, ciudadanía, instituciones, límites al poder, unión centroamericana. Ideas que distintas generaciones han sacado, reinterpretado, reformado o vuelto a guardar. La libertad puede heredarse. La responsabilidad, no. Cada generación recibe una República incompleta y decide si la mejora, la abandona, la administra por fragmentos o le deja las goteras a la siguiente.
Morazán descubrió muy tarde que la Independencia había entregado la llave, pero la política se había quedado con el cerrojo. No lo combatieron solamente por el sable. También por la pluma. Porque una espada puede ganar una batalla; una idea puede cambiar las reglas.
Doscientos cinco años después, la llave continúa en nuestras manos. El cerrojo también. La duda permanece, la razón todavía tiene trabajo y la chispa sigue encendida: ¿LO GIRAMOS PARA ABRIR… O PARA VOLVER A CERRAR? AMC
