La muerte tiene marketing


La Catrina también. Pero nosotros pagamos el día a día.

Por: Carmelo Rizzo

Este 2 de noviembre llegan las flores, las candelas, las fotografías y los recuerdos. Llegan también las calaveras, las Catrinas y esa manera tan humana de conversar con quienes ya no están. La muerte tiene símbolos, colores, rituales, turismo y hasta temporada alta. Dicho de otra forma: la muerte tiene marketing. Y la Catrina, convertida en uno de sus rostros más reconocibles, probablemente tiene uno de los mejores. Hollywood lo entendió muy bien. En Spectre, James Bond caminó por una Ciudad de México convertida en un gigantesco desfile del Día de Muertos. Aquella escena ayudó después a transformar la forma moderna de mostrar una tradición mexicana mucho más antigua que el cine. No hay necesariamente nada malo en ello. La cultura también genera trabajo, mueve hoteles, restaurantes, artesanos, floristas y pequeños negocios. Hasta la memoria puede producir economía.

Pero en Honduras la escena cambia. Aquí podemos admirar a la Catrina, disfrazarnos de ella o verla pasar por una pantalla. El problema es que la Catrina no paga el día a día. No compra el pollo. No pregunta cuánto cuesta el cartón de huevos. No toma el bus. No llena el tanque. No paga energía, alquiler, medicinas ni matrícula. Tampoco va al mercado, a la pulpería o al supermercado haciendo cuentas para decidir qué lleva y qué tendrá que dejar para la próxima. Nosotros sí. Y existe otra factura que no viene impresa. Vivir también cuesta cuando uno cambia de ruta por miedo a un asalto, evita ciertas calles, cierra temprano un negocio o espera despierto hasta que alguien querido regrese a casa. Cuesta proteger el teléfono, la casa, el carro, la tienda y, sobre todo, la familia. Robos, extorsiones, asesinatos y violencia también forman parte del costo de vida, aunque ninguna caja registradora los incluya en el recibo.

Por eso quizá hablar únicamente de inflación se nos quedó en mínimo. El costo de estar vivo no cabe en la canasta básica. Está en lo que comemos, en cómo nos transportamos, en lo que pagamos por energía y medicinas, pero también en cuánto tiempo, tranquilidad y libertad estamos dispuestos a perder para sentirnos seguros. En Honduras no solo cuesta vivir. También cuesta proteger la vida. Mientras tanto, la Catrina sonríe. Puede desfilar, posar para una fotografía y vestirse de colores, pesos, dólares o lempiras. Ella ya no tiene que llegar a fin de mes. No discute cuánto subió el chorizo ni cuánto gastó en el bus. Tampoco se pregunta por qué calle volverá a casa. Ese privilegio extraño pertenece a los muertos.

Nosotros seguimos aquí, haciendo números, trabajando, cocinando, manejando, pagando recibos y esperando que todavía quede algo para mañana. Tal vez por eso el Día de los Muertos sirve también para mirar a los vivos. Porque recordar a quienes se fueron es parte de nuestra humanidad. Pero cuidar a quienes todavía están aquí debería ser una obligación todavía mayor. La muerte tiene marketing. La Catrina también. Y la pregunta incómoda del 2 de noviembre es para nosotros: ¿cuánto nos está costando, realmente, estar vivos? Bond tenía licencia para matar. Nosotros seguimos buscando licencia para vivir. AMC.


Previous post Hasta cuatro plazas por docente y salarios de L60 mil a conserjes, entre hallazgos de ASJ
Next post Capitalinos enfrentarán otro año de escasez de agua en 2027, advierte alcalde