No queremos acostumbrarnos, pero….

Por: Carmelo Rizzo
Mayo avanza entre calor, humo y cielos sin lluvia. Los bosques arden, los precios siguen altos y la política continúa moviéndose entre discursos y nuevas narrativas. Pero quizás lo más preocupante no sea el desgaste en sí… sino la velocidad con la que el país empieza a acostumbrarse a él. La nueva normal no llegó de golpe. Se fue instalando lentamente. Primero fue el calor constante. Después el humo. Luego la presión económica, el cansancio social y la sensación de que todo sigue funcionando… aunque cada vez pese más. Y en medio de eso, la política.
Hace poco tiempo, la expectativa de cambio era enorme. Se hablaba de transformación, de ruptura con prácticas del pasado y de nuevas formas de gobernar que devolverían confianza institucional. Incluso temas como la CICIH parecían ocupar el centro de la conversación pública. Hoy, para muchos, esa expectativa ya no tiene el mismo peso visible. No necesariamente porque haya desaparecido, sino porque la realidad cotidiana volvió a ocupar el primer plano: el costo de vida, la inseguridad, la incertidumbre y el desgaste. Y ahí aparece la molestia. Cuando las promesas se enfrentan demasiado tiempo con una realidad que cambia poco, la percepción comienza a modificarse. Lo preocupante no es solo la decepción. Es la rapidez con la que el desgaste empieza a parecer normal.
El humo ya no sorprende. Y eso también es peligroso. Porque el país no solo se adapta al clima. También se adapta al cansancio. La política entra y sale del foco con facilidad. Un día domina la conversación; al siguiente, se diluye entre nuevas polémicas y nuevos altavoces. Pero la realidad cotidiana permanece. Incluso empiezan a aparecer nuevas encuestas sobre funcionarios y posibles figuras del 2030. Y ahí surge otra sensación fastidiosa: mientras la política ya mide futuros escenarios, la realidad cotidiana sigue esperando correcciones urgentes. Porque el desgaste social rara vez parece entrar con la misma prioridad en la conversación pública.
La política es defectiva en todas partes. La diferencia está en la capacidad de ajustar y responder antes de que el desgaste se vuelva costumbre. Porque cuando una sociedad deja de reaccionar, no siempre significa resignación. A veces significa fatiga. Y ese es el riesgo silencioso de la nueva normal. No el conflicto. No el debate. No la crítica. La costumbre. Costumbre al calor. Costumbre a la inflación. Costumbre al humo. Costumbre a esperar.
Pero quizás ahí aparece la verdadera pregunta: ¿qué podría todavía sorprendernos positivamente? Tal vez no más ruido político. Tal vez algo más simple: recuperar dirección, volver a trabajar el rumbo y reconstruir la idea de que el país todavía puede corregirse. Porque, a pesar del desgaste, los hondureños siguen queriendo trabajar, construir y avanzar. Y eso significa que todavía existe algo más fuerte que la decepción: la voluntad de salir adelante.
— El desgaste pesa. Pero el país todavía quiere avanzar. Y eso… todavía importa. — AMC
