Cien días no son “Las sandalias del pescador”

Por: Carmelo Rizzo
Se hicieron famosos los cien días de Franklin D. Roosevelt, no por el número, sino por lo que ocurrió dentro de él. La historia no los recuerda como relato; los recuerda como acción. Fueron decisiones rápidas, medidas concretas y un rumbo definido: un inicio que no explicó la crisis, la enfrentó. Y esa es la diferencia que el tiempo deja clara: no todos los cien días son iguales.
Cien días no son un mito; son una medida. Se usan para evaluar inicios, para medir rumbo, para saber si un gobierno camina o improvisa. Pero cien días tampoco son redención. No son épica, no son transformación total y, definitivamente, no son “Las sandalias del pescador”. No hay transición espiritual. Hay gestión. Y la gestión se mide en cosas simples: decisiones, ejecución y resultados.
En estos primeros cien días, Honduras no ha colapsado, pero tampoco ha cambiado de forma clara. Y ahí está el punto. En contextos como el nuestro —donde la fragilidad institucional es real y no teórica— los primeros cien días no son para explicar; son para ordenar. Ordenar no es narrar, es priorizar; es decidir qué se resuelve primero y qué no puede seguir esperando.
Cuando la política entra temprano en modo campaña, los cien días pierden enfoque. Se llenan de mensajes, se diluyen en interpretación y, mientras tanto, lo esencial sigue igual: costo de vida, seguridad y empleo. El ciudadano no mide simbología; mide experiencia. No compara relatos; compara resultados. Por eso, los cien días no son una prueba moral, son una prueba operativa. ¿Se corrigieron cosas? ¿Se ordenaron prioridades? ¿Se ejecutaron decisiones?
Si la respuesta es ambigua, el problema no es el tiempo, es la dirección. Porque gobernar no es convencer; es resolver. La política es imperfecta en todas partes; la diferencia está en la capacidad de corrección. En algunos sistemas, los errores se corrigen; en otros, se administran. Y administrar errores no es gobernar; es postergar.
En cien días se ve el método. Se ve si hay criterio, si hay equipo, si hay foco. No se exige perfección; se exige dirección. Porque cuando nada cambia, la narrativa crece, pero la credibilidad se reduce.
Cien días no definen un gobierno, pero sí revelan si sabe gobernar. Los primeros cien días no piden milagros; piden método. Sin método no hay rumbo, y sin rumbo no hay gobierno que valga la pena. — AMC
