La pesadilla de dormir solos o acompañados
Hasta la llegada del siglo XIX, la idea de dormir a solas o exclusivamente en pareja era un lujo impensable para la mayoría.
Durante milenios, compartir la cama con familiares, amigos o perfectos desconocidos fue una práctica estandarizada y carente de las lecturas morales o sexuales que se le atribuyen en la actualidad.
Un hábito
Lejos de responder a dinámicas íntimas contemporáneas, el lecho compartido cumplía funciones estrictamente utilitarias. Según investigaciones de la periodista Zaria Gorvett para la BBC, la escasez de mobiliario y la necesidad de optimizar el calor corporal obligaban a las comunidades a descansar en grupo.
Esta conducta hunde sus raíces en la prehistoria. En 2011, un equipo de arqueólogos halló en la cueva de Sibudu (Sudáfrica) restos fosilizados de un colchón de follaje de 77.000 años de antigüedad, diseñado con dimensiones suficientes para albergar a familias completas.
Diplomacia y hermandad
Durante la Edad Antigua y la Edad Media, el descanso colectivo no mermaba la percepción de la masculinidad ni generaba sospechas sociales. La iconografía de la época es un reflejo de ello: pasajes del arte cristiano retrataban a los Reyes Magos compartiendo sábanas, en ocasiones desnudos o en posiciones de proximidad, sin que esto se interpretase con dobles intenciones.
En el ámbito político, el hábito funcionaba también como una herramienta de alta diplomacia. En el siglo XII, tras firmar un tratado de paz, el rey Ricardo I de Inglaterra (Ricardo Corazón de León) y el monarca francés Felipe II Augusto sellaron su alianza compartiendo mesa y cama, un gesto que en la época simbolizaba hermandad absoluta, confianza mutua y alta camaradería.
Punto de inflexión
El panorama comenzó a cambiar paulatinamente entre los años 1500 y 1800, aunque la resistencia al cambio fue notable. Roger Ekirch, historiador y profesor de Virginia Tech, señala que durante la Edad Moderna, con la única excepción de los aristócratas, los terratenientes y los comerciantes con gran poder adquisitivo, «habría sido sumamente inusual para el ciudadano común no tener un compañero de cama».
La consolidación de la privacidad y el aislamiento nocturno como sinónimos de estatus es, por tanto, un fenómeno estrictamente reciente que transformó por completo la configuración social del sueño.
