Las Líneas de Nazca, caminos sagrados o plegarias al cielo


Durante los siglos II y VII de nuestra era, miembros de la cultura nazca moldearon el desierto peruano creando gigantescos geoglifos a lo largo de un territorio de 500 kilómetros cuadrados.

El hecho de que estas imponentes figuras solo se aprecien plenamente desde las alturas consolida a este sitio como uno de los misterios arqueológicos más fascinantes y duraderos del planeta.

Este sector del mapa peruano cuenta con un clima privilegiado para la preservación del patrimonio. La virtual inexistencia de precipitaciones y las ráfagas de aire sumamente tenues jugaron a favor de la historia. Gracias a este entorno, las zanjas hechas en la superficie, cuyas profundidades oscilan entre los 10 y 30 centímetros, se mantienen prácticamente intactas tras transcurrir más de un milenio y medio.

Si bien las crónicas de los conquistadores españoles ya daban cuenta de ciertas «marcas en la tierra», las investigaciones con rigor científico arrancaron formalmente en 1927. De acuerdo con registros de National Geographic, el despegue de la aviación comercial en esa época permitió contemplar la magnitud real de los trazos, lo que dio un giro absoluto a la comprensión de estos monumentos.

A lo largo de la década de 1930, el investigador Paul Kosok planteó la hipótesis de que la red de líneas operaba como un descomunal almanaque astronómico. Su teoría cobró fuerza al notar que múltiples senderos se alineaban de forma exacta con el ocaso del sol en el solsticio de invierno, un momento crucial para la gestión de los cultivos en la época prehispánica.

Astronomía y ritual

La investigadora alemana María Reiche consagró más de medio siglo de su vida a desentrañar los secretos de la pampa. Ella sostuvo con firmeza que siluetas emblemáticas como la del mono o el colibrí eran el reflejo de constelaciones del firmamento del sur, fusionando la observación de los astros con los cultos a la fertilidad de la tierra.

A partir de la década de 1980, los hallazgos de nuevos yacimientos arqueológicos comenzaron a restarle exclusividad a la teoría del calendario. La perspectiva de National Geographic expone que el especialista Johan Reinhard sugirió un vínculo directo con celebraciones religiosas destinadas a pedir lluvias, un elemento vital para una geografía que apenas registra 25 milímetros de agua al año.

Para hacer frente a la escasez, la civilización nazca edificó los puquios, una sofisticada red de canales subterráneos de agua. La alineación de numerosos geoglifos hacia estos pozos profundiza la tesis de que el desierto era un escenario sagrado configurado para garantizar la vida del grupo en medio de un clima hostil.

Las representaciones de la fauna local, como la orca, la araña o el mono, cargaban con un fuerte simbolismo. Informaciones recopiladas por Reuters señalan que estas mismas criaturas aparecen de forma constante en la alfarería y los tejidos de la región, evidenciando una conexión integrada entre el arte, el espacio geográfico y sus divinidades.

¿Ceremoniales?

Ciertos trazados rectilíneos que se extienden por varios kilómetros dan indicios de haber operado como calzadas de carácter sagrado. Los análisis del deterioro del suelo demuestran que estos caminos experimentaron un tránsito peatonal constante, lo que valida la suposición de que albergaban desfiles de carácter religioso.

En la actualidad, la comunidad científica concuerda en que el espacio tuvo un empleo polifacético que entrelazaba lo sagrado, lo comunicativo y lo comunitario. Los geoglifos no se limitaron a un solo propósito, sino que respondieron a variadas tradiciones y necesidades de diferentes grupos humanos a lo largo de las centurias.

Diversos registros históricos detallan que, durante el siglo pasado, escritores como Erich von Däniken difundieron ideas pseudocientíficas que catalogaban los surcos de Nazca como zonas de aterrizaje para naves alienígenas. Dichas conjeturas carecen de sustento y son rotundamente descartadas por la arqueología moderna.


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