Julio se nos va otra vez

Por: Carmelo Rizzo
Julio se nos va otra vez. Llegó sonriendo, como siempre, soportando durante el mes los mismos memes necios, los dobles sentidos medio groseros y esa mirada inevitable de “y lo sabes”. Pero este Julio vino más cargado que otros: trajo un Mundial, camisetas, quinielas, discusiones familiares y millones de directores técnicos que, terminada la final, regresaron discretamente a sus verdaderos oficios. También dejó un campeón nuevo y se llevó favoritos, estrellas, entrenadores y unas cuantas certezas que parecían eternas.
Durante varias semanas nos dio conversación, risas y un alivio que tampoco debe despreciarse. A veces, un país necesita mirar una pelota rodando para descansar un poco de todo lo demás que lleva rodando cuesta abajo. Ahora Julio comienza a alejarse, elegante y tranquilo, como quien abandona una fiesta antes de que llegue la cuenta. Se lleva el confeti, las banderas, los análisis tácticos y ese entusiasmo colectivo que nos permitió discutir apasionadamente sobre algo que, por fortuna, no dependía de ningún comunicado oficial.
Mientras tanto, el planeta continúa revolviendo sus propios avisperos. Las potencias mueven barcos, tensan estrechos, amenazan, negocian y vuelven a amenazar. El petróleo se pone nervioso cada vez que alguien estornuda cerca de Ormuz, y las noticias cambian antes de que terminemos de comprender la anterior. Julio se va, pero deja al planeta con varias ollas de presión encendidas y demasiada gente jugando con los fósforos. Parece una despedida tranquila, aunque allá afuera nadie parece dispuesto a bajar el volumen.
Antes de marcharse, Julio todavía nos dejó una última función: el regreso del expresidente, recibido con bombos, platillos y coro griego. Para unos fue reivindicación; para otros, un espectáculo recalentado. Entre ambos extremos, el país volvió a llenarse de consignas, interpretaciones y preguntas. Ningún recibimiento dicta absolución ni condena definitiva. Será juzgado por lo que haga después de volver, cuando se apague el ruido y quede únicamente la conducta.
Y ese fue apenas el plato especial. En Honduras, Julio dejó el menú habitual: una economía turbada, violencia en las portadas, proyectos “en construcción”, obras sin funcionar y funcionarios que gobiernan mediante comunicados. Se anuncia una investigación, pero rara vez conocemos el desenlace; se firma un convenio, aunque nadie explica cuánto cuesta; se promete una transformación y después se transforma principalmente la fotografía del acto. Cambian los nombres, algunos nuevos y otros cuidadosamente reciclados. La receta, sin embargo, continúa intacta.
Es nuestra inveterata consuetudo: anunciar mucho, explicar poco, comenzar varias veces y terminar casi nada. Julio quizá quiso llevarse esas viejas costumbres, pero ninguna aerolínea acepta tanto equipaje. Volverá dentro de doce meses, con su sonrisa y sus memes. Ojalá entonces venga con mejores regalos y encuentre espacio para llevarse aquello que ya no necesitamos. Porque Julio se nos va otra vez; las costumbres, en cambio, parecen tener contrato indefinido. Y lo sabemos. – AMC
