¿Qué quiere morazán de nosotros?


205 años después de la Independencia

Por: Carmelo Rizzo

Cada septiembre recordamos a nuestro Francisco Morazán. Está en plazas, edificios, escuelas, calles y bulevares. Su nombre forma parte del paisaje hasta el punto de que a veces dejamos de verlo. Lo repetimos en actos cívicos, lo colocamos en estatuas, lo cubrimos de flores y lo convertimos en una figura tan familiar que casi parece haber dejado de incomodarnos. Y, sin embargo, tal vez esa sea la pregunta que deberíamos hacernos antes del desfile: ¿qué quiere Morazán de nosotros?

Sería fácil responder que quiere homenajes. Más discursos, más coronas, más ceremonias cada 15 de septiembre. Pero sospecho que, si pudiéramos sentarlo hoy frente a nosotros durante unos minutos, pediría algo bastante menos cómodo: que pensemos. Morazán perteneció a una generación que recibió la Independencia sin manual de instrucciones. En 1821 se rompió el vínculo con España, pero quedaba casi todo por resolver: cómo gobernarnos, cómo educarnos, cómo construir instituciones, cómo convivir con nuestras diferencias y cómo evitar que Centroamérica terminara convertida en pequeños territorios peleando entre sí.

Él decidió involucrarse. Leyó, discutió, gobernó, combatió y apostó por una República Federal de Centroamérica que terminó derrotada. No fue perfecto, tampoco necesitamos fingir que lo fue. Cometió errores, tuvo adversarios, conoció el poder, la derrota y el exilio. Y quizá allí comienza el Morazán que vale la pena recuperar: no el santo de bronce, sino el hombre que intentó leer su tiempo y actuar sobre él. Las estatuas son cómodas porque no preguntan. Los hombres de ideas, incluso después de muertos, sí.

Entonces, ¿qué quiere Morazán de nosotros? Probablemente no que repitamos sus respuestas de hace dos siglos. El mundo cambió demasiado. Pero varias de sus preguntas siguen siendo incómodamente actuales. ¿Educamos ciudadanos capaces de pensar por sí mismos o simples repetidores? ¿Construimos instituciones más fuertes que quienes temporalmente las gobiernan? ¿La política sirve para transformar o solamente para conquistar poder? ¿Seguimos creyendo que cada cuatro años debemos empezar el país desde cero? ¿Somos realmente libres si seguimos aceptando privilegios, dependencias e intolerancias con nombres nuevos? ¿Podemos imaginar Centroamérica como algo más que cinco fronteras, cinco burocracias y muchos discursos de integración?

Morazán perdió. Perdió la Federación, perdió el poder, conoció el exilio y el 15 de septiembre de 1842 terminó frente a un pelotón de fusilamiento en Costa Rica. Pero hay derrotas extrañas. Porque, casi dos siglos después, seguimos pronunciando su nombre mientras muchos de quienes lo derrotaron apenas sobreviven en los libros. Tal vez las ideas tengan otra manera de medir el tiempo. Tal vez una derrota política pueda durar unos años y una pregunta sobrevivir generaciones. La libertad, después de todo, no es una reliquia que se guarda: es una responsabilidad que se ejerce.

Mañana habrá banderas, bandas, tambores, desfiles, fotografías y discursos. Y está bien celebrarlo. La memoria también necesita ceremonia. Pero cuando termine el último desfile y el ruido baje, volverá a aparecer el país real: con sus posibilidades, sus deudas, sus instituciones, sus divisiones y sus tareas pendientes. Tal vez Morazán no quiera nada de nosotros. Tal vez somos nosotros quienes todavía necesitamos algo de él: la valentía de imaginar un país —y una Centroamérica— diferente a la que recibimos. Doscientos cinco años después, la pregunta sigue esperando respuesta: ¿qué vamos a hacer con nuestra libertad?

MORAZÁN · RELOADED


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