¿Todavía se puede?

Por: Carmelo Rizzo
Esta semana los catrachos estuvimos observando a Colombia. Un país con más territorio, habitantes, economía e influencia regional que nosotros. Sin embargo, al escuchar algunos debates y leer ciertos titulares, la sensación resultaba extrañamente familiar: polarización, ansiedad política, desgaste institucional y ciudadanos convencidos de estar exactamente a cinco minutos del desastre definitivo.
Nada demasiado distinto de lo que tenemos en estas tierras. La comparación deja una enseñanza interesante. Tal vez algunos problemas no son exclusivamente nuestros. Tal vez forman parte de una rancia tradición latinoamericana donde las expectativas corren más rápido que los resultados y donde el pesimismo tiene una maquinaria publicista más eficiente que la esperanza. Porque si algo abunda en nuestra región son los expertos en funerales anticipados. Cada semana se anuncia el colapso de la economía, la muerte de la democracia o la desaparición de las oportunidades. Lo curioso es que, después de tantos entierros anunciados, el paciente sigue caminando. No siempre con belleza, hay que reconocerlo.
A veces pareciera que vamos como una rastra cargada de sandías subiendo una cuesta en tercera velocidad. Hace ruido, consume combustible, genera dudas y obliga a todos a preguntarse si llegará a la cima. Pero de alguna manera termina llegando. Mientras el debate público se concentra en las crisis, existe otra realidad menos visible. La del estudiante que prepara exámenes mientras escucha que el futuro está perdido. La del emprendedor que abre un negocio cuando algunos aseguran que no es momento. La del agricultor que vuelve a sembrar, aunque el clima, los precios y la burocracia parezcan intrigar en su contra.
Esa realidad que rara vez aparece en titulares. No genera escándalos ni acumula miles de comentarios. Pero sostiene buena parte del país cuando los discursos empiezan a agotarse. Eso no significa ignorar los problemas. Los gobiernos están obligados a producir resultados. La ciudadanía tiene derecho a exigirlos. La economía necesita crecer. La salud pública necesita mejorar. La educación sigue reclamando atención. Nada de eso desaparece por escribir una columna optimista. Pero tampoco ayuda convertir cada dificultad en una profecía terminal.
Aquí tenemos una extraña adicción por organizar velorios antes de tiempo. Enterramos proyectos antes de que nazcan, oportunidades antes de que maduren y gobiernos antes de que completen sus primeros capítulos. A veces pareciera que disfrutamos más preparando la lápida que construyendo la casa. Quizás por eso junio llega con una pregunta sencilla. ¿Todavía se puede?
La respuesta no está en discursos perfectos, redes sociales ni encuestas emocionales de cada semana. Está en millones de personas que seguimos estudiando, trabajando, produciendo, enseñando, emprendiendo y ayudando a otros incluso cuando el ambiente invita a rendirse. Y mientras esa energía siga viva, mientras existan personas dispuestas a construir en vez de esperar salvadores, la respuesta seguirá siendo la misma. Sí. Todavía se puede. “Las naciones avanzan con liderazgo, prosperan con ejemplo y, como la lluvia, el tiempo correcto siempre termina llegando.” — AMC
