El suicidio también es un fracaso del sistema


Por: Diana Vayona

Cada 10 de septiembre el mundo conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Aparecen mensajes, campañas, listones amarillos y llamados a “pedir ayuda”. Pero hablar de suicidio exige ir mucho más allá de una fecha. Implica reconocer los prejuicios que aún rodean a quienes atraviesan una crisis y, también, las barreras que persisten para acceder a atención psicológica y psiquiátrica de manera oportuna y digna.

Según el Observatorio Nacional de la Violencia de la UNAH, 612 personas murieron por suicidio en Honduras durante 2025, una tasa de 6.9 por cada 100,000 habitantes mayores de cinco años. En los primeros meses de 2026 ya se contabilizaban otros 218 casos de manera preliminar. Detrás de esas cifras no hay solo números: hay personas, historias, familias y comunidades atravesadas por una ausencia.

Durante demasiado tiempo hemos entendido la salud mental como si existiera separada del resto de la persona. Como si mente, cuerpo, relaciones, historia y espiritualidad para quienes esta dimensión forma parte de su vida pudieran fragmentarse. Pero somos una unidad y, además, somos seres profundamente vinculados con nuestro entorno.

Ignacio Martín-Baró cuestionó precisamente esa mirada individualizante de la salud mental. Desde la psicología social latinoamericana propuso comprenderla dentro del contexto histórico y de las relaciones sociales en las que una persona construye su existencia.

Porque soy yo, pero también soy yo y mi historia; yo y mi familia; yo y mi comunidad; yo y mi realidad económica; yo y el país donde vivo; yo y el Estado que debería protegerme.

Sin embargo, vivimos bajo modelos sociales y económicos que exaltan cada vez más la individualidad: produzca, resuelva, sea fuerte, avance, no se detenga. Y cuando una persona colapsa, muchas veces regresamos nuevamente la responsabilidad hacia ella: busque ayuda, vaya a terapia, pida apoyo.
Pero ¿qué sucede cuando finalmente pide ayuda y no la encuentra?

El Mental Health Atlas 2024 de la Organización Mundial de la Salud retrata algunas de las brechas hondureñas: el país reporta una política de salud mental, pero sus recursos humanos y financieros están solo parcialmente asignados; además, Honduras no cuenta con una estrategia nacional específica para la prevención del suicidio.
Y la desigualdad no termina necesariamente cuando alguien tiene capacidad para pagar un seguro médico privado. Muchas pólizas muestran que la salud mental no recibe un tratamiento uniforme como cualquier otra necesidad de salud. Existen pólizas que excluyen expresamente la depresión, trastornos mentales y tratamientos psicológicos o psiquiátricos.

Eso también debería interpelarnos. ¿Por qué todavía aceptamos que cuidar el corazón, los pulmones o los riñones sea indiscutiblemente salud, pero cuidar la mente pueda convertirse en una exclusión, una cobertura adicional o un beneficio limitado?

También debemos revisar los modelos de atención. La medicación psiquiátrica es necesaria y puede salvar vidas; el problema aparece cuando se convierte en la única respuesta. Una receta no sustituye la psicoterapia, el acompañamiento familiar, la rehabilitación, las redes comunitarias, el seguimiento ni las condiciones sociales que permitan a una persona reconstruir su proyecto de vida.

Por eso resulta insuficiente explicar un suicidio únicamente por desempleo, una ruptura amorosa, una enfermedad o un “problema familiar”. Hay que preguntarnos qué existía alrededor de esa persona: ¿tenía acceso oportuno a atención?, ¿podía pagarla?, ¿su seguro la cubría?, ¿había medicamentos disponibles?, ¿tenía una red de apoyo?, ¿vivía violencia?, ¿tenía condiciones dignas para sostener su vida?

La prevención comienza mucho antes de una crisis. Comienza en la infancia, en las escuelas, las familias, los centros de salud, los lugares de trabajo y las comunidades. Y requiere que el Estado deje de mirar el suicidio exclusivamente como una tragedia privada y lo asuma como lo que también es: un problema de salud pública que exige respuestas estructurales y rendición de cuentas.

Este 10 de septiembre necesitamos más que discursos.

Menos listones amarillos como gesto aislado. Más presupuesto, prevención, psicólogos, psiquiatras, medicamentos, cobertura de seguros, acompañamiento y comunidad
Porque prevenir el suicidio no consiste solamente en pedirle a una persona que encuentre razones para vivir. También significa construir una sociedad y un Estado que le den condiciones para hacerlo.


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