Agosto, Argos e Ítaca

Por: Carmelo Rizzo
Un espejo al pasado para leer el presente…
Agosto heredó el nombre del emperador Augusto y con él una vieja mezcla de poder, memoria y destierro. Quizá por eso conviene comenzar el mes mirando hacia Ítaca, aunque Honduras no sea aquella isla ni nuestros políticos usen la toga, corona de laurel o música épica. Hagamos el ejercicio al revés: imaginemos que Odiseo regresara en 2026. Antes de tocar puerto ya tendría cámaras, transmisiones en vivo, redes encendidas y expertos interpretando su llegada. Tal vez habría sobrevivido a las sirenas; no sabemos si sobreviviría a los algoritmos.
Odiseo volvió después de una larga ausencia y llegó sin feria, obligado primero a observar qué había ocurrido en su casa. Esa sigue siendo una buena pregunta tres mil años después: ¿qué encuentra quien regresa y qué aprendió mientras estuvo lejos? Porque volver al territorio no significa recuperar el tiempo, la autoridad ni la confianza. Hoy un regreso puede convertirse en espectáculo en pocas horas; la legitimidad continúa viajando por una ruta bastante más lenta.
La historia recuerda los regresos, pero juzga lo que vino después. Napoleón regresó: Waterloo y exilio definitivo. Morazán volvió a Centroamérica: Costa Rica y el final. César regresó a Roma cargado de victorias y poder: allí también encontró su desenlace. No son historias iguales, pero dejan una advertencia común: quien vuelve no encuentra intacto el mundo que dejó y termina enfrentándose al peso de sus propias decisiones. La historia tiene la costumbre de guardar facturas durante siglos.
Honduras conoce algo de esa forma. En 2011 regresó quien había salido después de la ruptura de 2009, y alrededor de aquella ausencia se organizó una fuerza política que años más tarde alcanzó el gobierno. Con el poder llegaron contradicciones, promesas pendientes y desgaste. En 2026 ocurre otro regreso, bajo circunstancias completamente diferentes: extradición, condena en el extranjero, indulto y asuntos pendientes en casa. El nuevo capítulo apenas comienza. El desenlace todavía no está escrito.
A ratos Honduras parece menos una línea histórica que un remolino: salidas, regresos, promesas, desencantos y otra vez el punto de partida. Un verdadero pascón político donde todo cambia de posición, pero demasiado poco termina de salir. Cambian banderas, protagonistas y versiones; permanecen la búsqueda de poder, la memoria selectiva y nuestra facilidad para comenzar de nuevo sin haber entendido lo anterior.
Y entonces aparece el viejo Argos, el perro de Odiseo. Esperó durante años, reconoció a su amo detrás del disfraz y murió después de verlo regresar. No necesitó discurso, encuesta, contrato ni encargado de redes. Conservó memoria, fidelidad y dignidad mientras otros se acostumbraban al reparto de la casa. Quizá por eso termina siendo el personaje más noble de esta historia.
Tal vez allí está el verdadero espejo. El poder pasa, las multitudes cambian y hasta los nombres que parecían eternos terminan convertidos en unas líneas de algún libro. Lo que permanece es aquello que cada uno hizo con la casa que recibió. Ítaca es apenas el punto de partida; Honduras sigue siendo el proceso. Y cuando pase la fanfarria y la historia comience a escribir sin prisa, quizá descubramos que los verdaderamente grandes no fueron quienes regresaron para reclamar la casa, sino quienes permanecieron sosteniéndola cuando los demás se marchaban. Esos son nuestros Argos.
