El agua no se improsiva

Por: Carmelo Rizzo
El Niño llegó, o quizá sería más correcto decir que volvió a avisar. Sequía, lluvias irregulares, calor, presión sobre las fuentes y una demanda de agua que no deja de crecer. En Honduras aparecen nuevamente las alertas, los preparativos, los víveres y las explicaciones. Todo eso sirve. Pero queda una pregunta elemental, casi incómoda por lo sencilla: ¿y el agua qué? Porque podemos almacenar comida, movilizar ayuda y preparar respuestas de emergencia, pero el agua no aparece por decreto cuando deja de caer del cielo.
El problema tampoco nació este año. Durante décadas se han elaborado diagnósticos, planes, estudios, proyectos y advertencias. Algunos vienen de gobiernos anteriores; otros están todavía siendo evaluados y priorizados por el actual. Y eso es normal hasta cierto punto. Lo que no puede convertirse en normalidad es estudiar eternamente lo que ya sabemos. Una administración puede recibir problemas heredados, pero llega un momento en que la herencia deja de explicar el presente. La expectativa no se sostiene con anuncios indefinidamente. Se sostiene con ejecución.
Porque el agua tiene una particularidad bastante antipática: no entiende de calendarios políticos. Llueve cuando llueve y escasea cuando escasea. Por eso la planificación hídrica no puede comenzar cuando aparece la emergencia. Hay que captar, almacenar, proteger cuencas, mantener sistemas, reducir pérdidas y llevar el recurso hasta donde vive y produce la gente. Esperar la sequía para recordar que necesitamos agua es más o menos como comprar el paraguas cuando ya estamos empapados.
Y Honduras es apenas una ventana. Basta levantar la mirada hacia América Latina. Somos una región de grandes ríos, lagos, montañas, selvas, acuíferos y abundantes temporadas de lluvia. Paradójicamente, millones de personas continúan viviendo entre racionamientos, sistemas deficientes, contaminación, infraestructura envejecida y ciudades que crecen más rápido que sus redes. Tener agua no significa tenerla disponible. Mucho menos significa saber administrarla.
Durante más de un siglo el petróleo marcó buena parte del ritmo económico y geopolítico del planeta. Después el gas ganó importancia como complemento energético e industrial. La comida nunca dejó de ser seguridad. Pero algo más profundo empieza a imponerse como marcapasos de las sociedades: agua, alimento y energía. Cuando falta petróleo o gas, la economía se complica. Cuando falta comida, la sociedad se inquieta. Pero cuando falta agua, comienzan a detenerse la producción, la agricultura, la industria, la higiene, la salud y finalmente la vida cotidiana.
No hacen falta oráculos ni grandes premoniciones para entenderlo. Basta observar el presente. El Niño y las sequías no deberían sorprendernos como si fueran visitantes desconocidos. Las señales llevan años delante de nosotros. El clima puede cambiar, la lluvia puede retrasarse y las temporadas pueden volverse impredecibles. Precisamente por eso la respuesta humana debe ser menos impredecible.
Tal vez esa sea la verdadera discusión que comienza ahora, desde Honduras y hacia toda LATAM. No solamente cuánta agua tenemos, sino qué hacemos con ella cuando la tenemos. Porque el petróleo fue poder, el gas sostiene industria y la comida es supervivencia. El agua sostiene todo lo demás. Y mientras esperamos que el cielo haga su parte, conviene recordar algo bastante terrenal: La lluvia puede ser incierta. La planificación no debería serlo. “Ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige.” — Séneca
