El costo del aprendizaje Prepúber o sea, la matrícula más cara la paga el país


Por: Carmelo Rizzo

Vivimos una época fascinante. Nunca habíamos tenido a los líderes tan cerca… y a veces tan lejos. Sabemos qué publican, dónde estuvieron, qué dijeron y hasta qué café se tomaron. Podemos reaccionar con un corazón, un aplauso o un enojo digital. Pero curiosamente, en la era de la conexión permanente, a veces conseguir una respuesta real parece más difícil que conseguir una foto.

Algo parecido ocurre con las grandes estrellas. Uno espera ver a Messi haciendo magia en la cancha, tocando la pelota, dejando ese momento imposible que todos vinieron a buscar. Pero si la estrella aparece desde lejos, saluda y se va, queda una sensación extraña: “Lo vimos… pero no lo sentimos cerca”.

La nueva política corre ese riesgo: convertirse en un balcón permanente. Mucha imagen. Mucha publicación. Mucha reacción. Pero abajo, donde no siempre llegan las cámaras, el país sigue. El taxi arranca temprano. Los buses se llenan. Los mercados abren. La gente compra, vende, estudia, trabaja y conversa. Mientras las noticias parecen anunciar una nueva tormenta cada mañana, millones simplemente intentamos construir el día.

Los conflictos sociales tampoco son nuevos. La calle es un termómetro del poder. Recientemente vimos cómo sectores organizados pueden presionar, sentarse y alcanzar acuerdos. Algunos lo ven como fortaleza ciudadana. Otros como debilidad institucional. Quizá sea algo más simple: gobernar requiere diálogo. Pero los buenos diálogos normalmente llegan antes del incendio, no mientras intentamos apagar el humo.

Allí aparece el costo del aprendizaje prepúber: esa etapa incómoda donde se descubre que llegar al poder no significa automáticamente saber administrarlo. La campaña emociona. La realidad cobra. Gobernar, también en Honduras, es un oficio. Requiere experiencia, equipos, escuchar más allá del círculo cercano y entender los tiempos de la sociedad. Todos atraviesan una curva de crecimiento. El problema es que en política los ensayos tienen consecuencias colectivas.

Con el paso de los meses y pocos cambios visibles aparece algo más profundo que una crítica: aparece cansancio. Y con el cansancio llegan comparaciones inevitables. Allí entra el llamado “efecto Bukele”. No necesariamente como una receta exportable, sino como un espejo incómodo. En pueblos donde el desorden parece avanzar más rápido que las soluciones, la velocidad empieza a verse como una virtud. Ante la falta de respuestas, muchos empiezan a mirar hacia quien parece contestar.

La pregunta no es si un modelo se puede copiar. La pregunta es por qué tantos empezamos a desear uno diferente. Porque los liderazgos fuertes no nacen solamente de quien aparece. También nacen de los espacios que dejaron quienes tardaron demasiado. Equivocarse forma parte del camino. Todo gobierno tropieza, ajusta y debe madurar. Pero el liderazgo no está en nunca equivocarse. Está en escuchar rápido, corregir a tiempo y convertir la experiencia en resultados. Porque un país no se queda esperando en la sala de clases del poder. Sigue caminando. El desafío no es aprender. Es madurar lo suficientemente rápido para que el costo haya valido la pena. – AMC


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