El tamal del bienestar


Por: Carmelo Rizzo

Un buen tamal no necesita ser fino ni fresa. Necesita estar bien hecho. Buena masa, pasas, aceitunas, alcaparras y pedazos generosos de proteína. Nada extravagante. Nada de cocina extraña. Solo algo digno, sabroso y suficiente. En eso se parece bastante al bienestar que espera la mayoría: que alcance para comer, pagar, trabajar y vivir con un poco menos de angustia. El problema comienza cuando la hoja se ve bonita, el discurso promete mucho y, al abrirlo, descubrimos que la masa está flaca.

La economía de muchas familias se parece cada vez más a esa masa estirada hasta el límite. Hay que hacerla rendir para comida, transporte, energía, educación, salud y cualquier imprevisto que aparezca sin invitación. Cuando lo básico empieza a pesar demasiado, el bienestar deja de ser una palabra de campaña y se convierte en una pregunta doméstica: ¿alcanzará hasta fin de mes? Puede haber anuncios, cifras, inversiones y fotografías sonrientes, pero si la mesa sigue apretada, algo no está cuajando.

Porque sin buena masa no hay tamal. Y sin una base económica que sostenga a la mayoría, tampoco hay bienestar. El relleno puede ser abundante en discursos, promesas y ceremonias; pero si la masa está débil, todo termina desarmándose. No se trata de negar lo positivo ni de pedir milagros de un día para otro. Se trata de recordar que la percepción económica no se fabrica en una oficina: se cocina todos los días en la casa, en el mercado, en la pulpería y en la cuenta de servicios.

Y ahí aparece el problema político. A seis meses de gestión, el tamal del gobierno todavía conserva la hoja y la presentación… pero empieza a oler pasado. No porque todo esté perdido, sino porque la confianza puede deteriorarse rápido cuando la mayoría no siente que las cosas estén mejorando. La mayoría no pide fino. Pide que alcance, que alimente y que venga bien hecho. Cuando las promesas tardan demasiado en llegar a la mesa, el aroma empieza a decir cosas que ningún comunicado puede tapar.

Tampoco basta cambiar la hoja. Un tamal mal hecho no mejora porque le pongan mejor empaque. Traducido al gobierno: nueva bulla, nuevas fotografías, discursos más largos o mensajes más elegantes no sustituyen resultados. La mayoría necesita seguridad, empleo, estabilidad, servicios y una economía que no obligue a estirar cada lempira como si fuera masa para veinte tamales. Si algo no está funcionando, lo sensato no es fumigar la cocina. Es revisar qué se está haciendo mal antes de que el problema pase de olor a sabor.

El tamal del bienestar no tiene que ser sofisticado. Tiene que ser suficiente, digno y bien hecho. Que la masa sostenga el relleno. Que los ingredientes sean buenos. Que haya sustancia y no solamente hoja. Y, sobre todo, que alcance para todos. Porque el bienestar no se anuncia: se sirve. Y cuando la masa económica está demasiado flaca, tarde o temprano el aroma termina diciendo lo que el discurso todavía intenta explicar. — AMC


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