El VAR de la política


Por: Carmelo Rizzo

Durante treinta días el planeta entra en una extraña y maravillosa fiebre mundialista. Millones nos convertimos en técnicos desde el sofá, expertos en alineaciones, críticos del árbitro y analistas del VAR después de mirar varias repeticiones. Discutimos un penal durante horas, un cambio de jugador durante días y una eliminación durante años. Esa es la magia del fútbol: todos sentimos que entendemos este bello juego.

Pero mientras esperamos al próximo campeón del mundo, existe el otro Mundial
que nunca se detiene: el de las naciones. Porque una copa deportiva no se gana solamente durante el torneo. Detrás existen años de preparación, selección de jugadores, estrategia y trabajo antes de salir a la cancha. Algo parecido ocurre con los gobiernos: ganar una elección es clasificar al Mundial. Gobernar es jugarlo. La diferencia es interesante. El Mundial tiene organización, calendario, reglas, árbitros, tecnología y una estructura detrás de cada partido. Incluso los mejores pueden equivocarse y por eso existe el VAR: un sistema de arbitraje asistido para revisar jugadas que pueden cambiar una historia. El VAR no nació para dominar al árbitro. Nació para ayudarlo. Una segunda mirada, otro ángulo y más información permiten corregir antes del pitazo final. Quizás los gobiernos también necesitan algo parecido: sistemas técnicos, datos, equipos capaces y voces que ayuden a revisar la jugada antes de que el error termine costando el partido. Porque gobernar también es cobrar un penal complejo. Frente al balón está quien toma la decisión, pero detrás de la portería está un país completo mirando. Quienes celebraron el triunfo, quienes apoyaban otro equipo y quienes solo esperan resultados. Al final, una decisión pública rara vez afecta solamente a una barra: afecta a todo el estadio.

La diferencia es que un partido promedio dura 90 minutos; un gobierno en Honduras tiene cuatro años para demostrar resultados. En el fútbol la meta es levantar una copa. En un país como el nuestro, la victoria se mide en empleo, seguridad, educación, salud y oportunidades. Durante el Mundial veremos estadios llenos, emociones y marcadores cambiando cada jornada. En redes también veremos popularidades subir y bajar como equipos en una tabla de posiciones. Pero la vida real continúa fuera de la pantalla: los negocios abren, los trabajadores madrugan y los problemas pendientes siguen allí después del pitazo final. Y quizá allí entra otro VAR silencioso: la opinión ciudadana. Mientras algunos sienten cansancio, decepción o abandono frente a la política, otros siguen creyendo que opinar también es una causa. No porque tengan todas las respuestas, sino porque una sociedad que deja de hacerse preguntas termina aceptando cualquier marcador. Porque el problema no es fallar una jugada. Es negarse a revisarla.

Cuando termine la final y alguien levante la nueva copa del mundo, el otro Mundial seguirá jugándose. Ese que no siempre tiene cámaras, narradores ni repeticiones instantáneas. La historia no entrega trofeos por prometer jugar bonito. Al final revisa el marcador. Y pregunta quién hizo los goles. – AMC


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