Pónganse las pilas… La verdadera energía de una nación nunca ha estado en un solo líder.
«Pónganse las pilas» es una frase que todos hemos escuchado alguna vez. Sirve para despertar al estudiante distraído, animar al trabajador cansado o recordarle a un amigo que ya es hora de actuar. Quizá también sea el consejo más oportuno para una nación. Vivimos rodeados de baterías inteligentes, carga rápida y cargadores inalámbricos. Nuestros teléfonos recuperan energía en minutos, pero seguimos creyendo que un país puede recargarse igual. Cada cuatro años cambiamos el cargador y nos preguntamos por qué la batería nacional continúa descargándose. Lo único que todavía no hemos inventado es un cargador para la responsabilidad ciudadana.
Durante mucho tiempo pensamos que los grandes desastres llegaban con un terremoto, un huracán o una inundación. Hoy sabemos que también pueden ser políticos, económicos o institucionales. Ninguno inventa las grietas; simplemente las revela. Los puentes muestran cómo fueron construidos. Los hospitales demuestran si estaban preparados. Las instituciones enseñan de qué estaban hechas. Y las redes sociales han añadido un nuevo examen: en cuestión de minutos dejan al descubierto aquello que durante años permanecía escondido bajo discursos, propaganda o promesas. Mi abuela tenía una palabra muy hondureña para esos momentos: «quedó descharchado.» Tal vez nunca imaginó que un día también serviría para describir a un Estado.
Mientras tanto, América Latina continúa cayendo en una vieja tentación. Esperar al próximo salvador. Cambian los nombres, cambian las ideologías y cambian los discursos, pero la esperanza suele ser la misma: creer que una sola persona cargará la batería de todo un país. Unos lo llamarán libertador. Otros, falso profeta. Lo curioso es que ambos suelen prometer exactamente lo mismo: que ahora sí llegará la solución definitiva. ¡Ombe! Ojalá fuera tan sencillo. Las naciones no vienen con garantía extendida ni con un botón para reiniciarlas después de cada elección.
La verdadera energía de un país nunca ha estado en un solo líder. Está en el maestro que llega puntual al aula, en el médico que atiende con dignidad, en el emprendedor que genera empleo, en el agricultor que produce, en el juez que actúa con independencia y en el ciudadano que entiende que respetar la ley también es una forma de construir patria. Ninguna batería externa puede sustituir esa energía cotidiana. Las instituciones no funcionan con milagros. Funcionan con personas que deciden hacer bien su trabajo incluso cuando nadie las está observando.
Por eso, antes de esperar al próximo mesías o de culpar al último villano, quizá convenga hacer algo mucho más difícil y mucho más útil: pongámonos las pilas. Porque los desastres seguirán llegando, con lluvia, con crisis o con titulares. La diferencia estará en si encuentran un país que vive de la esperanza depositada en un solo hombre… o una nación que aprendió a cargar, entre todos, la batería de su propio futuro. — AMC
