Mito de ocho horas seguidas: por qué despertarse a mitad de la noche es natural


Dormir toda la noche sin interrupciones es un invento reciente, no una característica de nuestra evolución biológica.

Esto explica por qué tantas personas se desvelan a las tres de la mañana con la falsa preocupación de que sufren un trastorno. Comprender que este patrón fragmentado es en realidad una experiencia humana histórica puede aliviar esa ansiedad.

Durante la mayor parte de nuestra historia, el descanso nocturno continuo de ocho horas no existía. Las sociedades antiguas dividían el descanso en dos etapas consecutivas, conocidas popularmente como el “primer sueño” y el “segundo sueño”.

Ambos bloques de descanso duraban varias horas y estaban divididos por un periodo de vigilia activa que se prolongaba por una hora o más en plena madrugada.

Se acostaban temprano

Existen abundantes registros históricos en continentes como Europa, África y Asia que documentan esta costumbre.

Al ocultarse el sol, los hogares se retiraban a descansar temprano. Hacia la medianoche, los miembros de la familia se despertaban de manera natural, permanecían activos un tiempo y luego regresaban a la cama para dormir hasta el amanecer.

Esta segmentación nocturna alteraba positivamente la percepción del tiempo. Al contar con un intermedio de quietud, la noche ganaba un centro claro, lo que restaba monotonía a las extensas veladas invernales y las hacía mucho más tolerables.

Esas horas a mitad de la noche no se consideraban un tiempo desperdiciado, sino un espacio de plena consciencia que definía la experiencia nocturna. Muchas personas aprovechaban para avivar las brasas del hogar o alimentar a sus animales domésticos.

Otras preferían la introspección en la cama mediante la oración o el análisis de sus propios sueños. Diarios y correspondencia de la era preindustrial demuestran que este lapso pacífico se usaba para leer, escribir o conversar con familiares y vecinos. Asimismo, era el momento predilecto por las parejas para mantener relaciones íntimas.

Las referencias a la “hora que concluye el primer sueño” aparecen incluso en obras clásicas de autores como Homero y Virgilio, lo que demuestra la profunda normalización de este descanso en dos tandas.

Cómo lo perdimos

La extinción del sueño dividido ocurrió durante los últimos dos siglos a raíz de transformaciones sociales drásticas. La introducción de la iluminación artificial desempeñó un papel crucial. Entre los siglos XVIII y XIX, las lámparas de aceite, el gas y la electricidad transformaron las horas de oscuridad en tiempo productivo. La población dejó de acostarse con el ocaso para prolongar el día bajo la luz artificial.

Este cambio afectó directamente la biología humana, alterando los ritmos circadianos y reduciendo la tendencia natural del cuerpo a despertar a mitad de la noche.

La exposición lumínica antes de dormir es un factor determinante, ya que la iluminación del hogar inhibe y posterga la liberación de melatonina, retrasando el inicio del descanso.

La Revolución Industrial no solo reconfiguró las dinámicas laborales, sino también las rutinas de descanso.

La rigidez de los turnos fabriles impuso la necesidad de un bloque único de descanso. Así, a comienzos del siglo XX, la meta de las ocho horas continuas sepultó definitivamente el modelo tradicional de dos turnos.

La ciencia ha demostrado la persistencia de este diseño biológico. En experimentos modernos donde se retira la luz artificial y los relojes simulando inviernos oscuros, los participantes regresan espontáneamente al esquema de dos sueños separados por una vigilia tranquila.

De igual forma, una investigación realizada en 2017 en una zona rural de Madagascar sin acceso a la red eléctrica confirmó que sus habitantes todavía descansan en dos bloques y despiertan habitualmente a la medianoche.


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